El Pensamiento de Buenaventura Luna
martes, 26 de febrero de 2013
jueves, 3 de enero de 2013
Vallecito, el poema que Manuel J. Castilla le escribió a Buenaventura Luna
Buenaventura Luna fue uno de los percusores, encargado
de abrir un surco por el que luego transitarían otros muchos poetas mayúsculos
del país argentino. Sentimos que acabamos de decir mucho y muy poco a la vez
porque semejante audacia artística -la feroz osadía de intentar siquiera la
dignificación literaria, poética, filosófica y musical del canto nativo-, no es
sino la parte visible de una profunda reflexión sostenida al calor del devenir
-siempre difícil- de
Éste es, entonces, su legado, y sus herederos son una
lista de nombres siempre en aumento: una pródiga lista de nombres como añiles
resplandores en el cielo de los hombres que anhelan sus versos y cantan sus
canciones. Nombres de hombres como
Manuel J. Castilla, capaces de escribir –sobre el cuero de una mulita- las
palabras que la voz de otro gran poeta se merecía:
Vallecito
A
Buenaventura Luna
La
canción del Vallecito
quién
la pudiera cantar,
la
madre cerca del fuego
y
el hombre dele llorar.
Buena
ventura la luna
si
vas cantando te da,
Buenaventura
la madre,
madre
y canción dónde están.
Ay,
guitarrero, guitarra,
guitarra
de lagrimear,
San
Juan ardido en las viñas
y
Huaco puro alfalfar.
Guitarrero,
guitarrero
dónde
tu voz, dónde está.
Buena
ventura lunita,
lunita
dámela ya.
Lejos
se queda mi valle
clarito
de soledad;
el
algarrobo, los vientos,
y
la canción de llorar.
Cuando
me toma la noche
solito
me sé quedar
y
a la copla sangre adentro
le
da por iluminar.
Guitarrero,
guitarrero,
guitarra
de trasnochar,
cuando
se duerma mi mano
el
vino te tocará.
Buena
ventura la luna,
Buena
ventura te dá,
dame
tu buena ventura
lunita
y tu claridad.
Bs. Aires Castilla
3 Julio 55
miércoles, 14 de noviembre de 2012
“Cuando usted payaba, Luna, el pueblo cantaba”
Cada viaje a Huaco es como un regreso al calor
primordial de los afectos y al impulso vital de las empresas que nos reclaman.
Fuimos a Jáchal para el Segundo Encuentro de Cultura Popular, y retornamos urgidos
de proyectos compartidos. Uno de ellos, nos llevó a revisar una vez más los
papeles de Eusebio Dojorti que Olga Maestre, su compañera, preservara y nos
legara. Fue así que nos topamos con este bello escrito de despedida a
Buenaventura Luna, dos páginas que no llevan firma, pero de las que, aún a
riesgo de equivocarnos, diremos que parecen fluir de la maravillosa pluma de Manuel
J. Castilla.
Yo
hablo, yo le voy a hablar don Buenaventura en nombre de los amigos lejanos, de
esos que no lo conocían y que lo querían hondo. En nombre de esos que se lo
imaginaban fuerte y recio cuando escuchaban su voz. Porque yo, como ellos, sabía
oírlo hablar de la tierra del vino, de los hombres, de la patria, y como ellos
comencé a quererlo.
Y
bueno. Uno a veces tiene que conocer a los hombres, mano a mano, pecho a pecho,
vino a vino. Así nos conocimos hace unos cuantos días… Yo bebía por usted. Yo
hablaba por usted entonces, pero sus ojos tenían lengua, don Buenaventura.
Mejor dicho eran como una pala: iban cavando.
Ahora
usted ya no está conmigo. Ni con Portal, ni con Falú, ni con Vega, ni con
González ni con Álvarez, ni con Gasparrino. Usted está solo. Sola su alma. Y su
verso también. Y Huaco. Y San Juan y la guitarra. Usted anda con las estrellas
de la noche y la noche está llena de estrellas sobre nosotros.
No
sé por qué le hablo, Luna.
Uno
a veces quiere de golpe a los hombres y les habla. Les va diciendo las palabras
que ha cortado la muerte.
Es
como si le hablara de lejos, don Buenaventura. Como si fuera un verso suyo el
que le nombra. Yo sé que usted era amigo. Y de los leales. Tal vez más amigo
que uno. Usted brindaba su amistad como un vaso de vino y de canciones. Y uno
se lo tomaba entero, se lo tragaba todo y usted se nos iba vino adentro.
Yo
sé que estas cosas no le hubiera gustado oírlas, por modesto. Pero ahora yo sé
que las oye desde la noche lujosa de astros donde se halla.
Y
sé también que arriba, entre las estrellas, anda vagando lleno de polvaredas
sanjuaninas en medio de la noche. Porque la noche, Luna, era de usted. Le
pertenecía con la hondura conque siempre pertenece al amor.
Cuando
usted payaba, Luna, el pueblo cantaba.
Déjeme
decirle estas cosas. Usted se ha ido cantando y no cualquiera se va así. Usted
ha cumplido el destino más hermoso del hombre: cantar hasta la muerte. ¿Se
acuerda de esta copla?
Voy
a cantar una copla
por
si acaso muera yo,
porque
nosotros los hombres
hoy
somos, mañana no.
Ni
que la hubiera escrito usted.
Yo
podría hablar de otras cosas, ahora. Decir, por ejemplo, que usted era un
hombre honesto, un hombre bueno. Prefiero decir esto que es fundamental para el
corazón: usted era un hombre que cantaba. Yo sé que Martín Fierro me oye. Yo sé
que, en este mismo instante en que lo dejamos más solo que nunca, me oyen todos
los guitarreros del país. Yo sé que ahora, ya mismo, las guitarras se hacen de
llanto, los bombos se golpean el pecho y los cantores cantan para su alma.
Porque
arriba, también, los ángeles cantan.
Su
amistad me llegó como una mano abierta. Así se abrió su mano cuando se
despedía. Hay cosas que duelen don Buenaventura, y duelen hondo. Que la muerte
le haya ido estirando la voz hasta cortarla. La palabra con que usted vivía y
para la cual vivía.
Su
voz ya no estará más entre nosotros. Es ya solo un recuerdo, un río arenoso y
musical que nos corre por la memoria. Pero quedan sus versos. Sus décimas
llenas de fogones, de gauchos, de arrieros. Por ellas vamos a volver a andar
don Buenaventura, como por un largo camino.
Será
como si nos estuviésemos yendo por su corazón, hasta los campos del cielo.
Bueno
don Luna. Basta de llanto. Usted nos ha dejado. Nosotros lo seguiremos luego.
Arriba, el cielo donde ya habita, esta noche estará lleno de guitarras con
remolinos sanjuaninos.
El
vino será una estrella de sangre sobre todos nosotros.
Don
Buenaventura, hasta siempre.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Eusebio Dojorti y la Cuestión Nacional (Segunda Parte)
Eusebio Dojorti y la Cuestión Nacional (Primera Parte)
sábado, 21 de julio de 2012
martes, 5 de junio de 2012
Los adolescentes huaqueños, Buenaventura Luna y el problema del espejo
Por
Carlos Semorile
El que sigue es el relato de un par de encuentros
con adolescentes jachalleros y huaqueños donde se debatió el tema de las
tradiciones. La narración, pese a que cuenta con alguna que otra conclusión
entre comillas, está fatalmente incompleta, pues para “cerrarse” -y nuevamente
abrirse a la polémica, como en una espiral- necesita que entre todos examinemos
qué significa contar con un legado cultural, cómo dialogamos con él y de qué
modo discutimos nuestra identidad en medio de un formidable proceso de cambios.
En
noviembre de 2008 viajamos a Jáchal y a Huaco para presentar “El Canto Perdido
y Los Manseros del Tulum -Buenaventura Luna y el Canto en las Tradiciones
Populares Argentinas-” en el marco de
Días
más tarde, asistíamos a los preparativos del Ballet Huaco para su gran noche en
el escenario Tito Capdevila, y se me ocurrió que podíamos repetir la
experiencia. Esta vez fue en
Como
se observa, iba contestando a los ponchazos. Pero el tema del cine me dio la
pauta de cual era la mayor “utilidad de Buenaventura Luna” de la que podían
servirse aquellos adolescentes. Los invité a mirarse los unos a los otros, y a
descubrir la semejanza entre ellos y sus ídolos del cine, la televisión y la música,
rubios como Brad Pitt o blondas como Britney Spears, o sus émulos del
firmamento local. No tardaron nada en “descubrir”, por decirlo así, que el
parecido era nulo. A partir de ahí pudimos empezar a hablar de la diferencia
entre colgar un póster en la pared o poner un espejo: el póster nos
obliga a una identificación que nos aleja de nosotros mismos, mientras que el
espejo nos habla de quiénes vamos siendo cada día de nuestras vidas. Y ahí se
entendió, me parece, la fortuna de contar con un Buenaventura Luna que les legó
un espejo digno en el cual aprender a reconocerse para, siendo culturalmente
tan ricos como son, no creerse menos que nadie.
