Mi
querido hermano Cristian Mallea me pasa un fragmento del ensayo en la
legislatura porteña de la Orquesta Balvanera Saavedra, dirigida por su amigo
Jorge Glocer. Del poeta y músico sanjuanino Buenaventura Luna suena la
“Chacarera de la Chaya”, uno de los primeros temas que él grabó –encargándose
de la glosa inicial y también del recitado- junto con su conjunto La Tropilla
de Huachi-Pampa en diciembre de 1938.
El
año que viene se cumplirán noventa años desde que Eusebio Dojorti (tal el
verdadero nombre de Buenaventura Luna) llegara a Buenos Aires con su Tropilla,
y tuvieran una primera presentación exitosa en la sede de la antigua Biblioteca
Nacional de la calle México. Casi enseguida comenzaron a trabajar en Radio El
Mundo y, como ya dijimos, un año más tarde ya estaban grabando sus primeros
discos sencillos.
Podría
suceder que alguien se preguntara por qué un sanjuanino compuso, ensayó y grabó
una chacarera, cuando los cuyanos son más conocidos por sus tonadas. Sucede que
Luna nació en Huaco, una localidad cercana a la por entonces Villa de Jáchal,
una región de encrucijadas económicas, sociales y culturales que, merced al
intercambio con paisanos de otras provincias, adquirió rasgos propios.
Así
lo explicaba el propio Eusebio -que además fue periodista y ensayista- en uno
de esos textos suyos que buscaban explicar las razones del canto nativo y la
índole particular que éste tuvo en sus pagos:
“Antiguamente, era intenso el
tráfico entre Cuyo con la llanura del Este o con las provincias del Norte, del
Centro y del Litoral. De Cuyo salía el vino, las pasas, el aguardiente,
mientras llegaban a la región los ganados de Córdoba, el azúcar y otros
productos de Tucumán, todo ello mediante un activo tránsito de arrieros o
reseros de las distintas zonas afectadas (…) Yendo y viniendo, en Cuyo dejó su
copla y su cantar el hombre del llano, el de la ribera, el de la selva... Por
otra parte, la circunstancia de haberse organizado al pie del Aconcagua el Ejército
del Libertador, debe inducirnos a creer que en los fogones de El Plumerillo se
oyeron durante años los tristes, cifras, cielos y milongas de la llanura, los
aires cordobeses, las chacareras santiagueñas, las vidalas calchaquíes”.
Como
se observa, motivos de orden histórico, junto con otros de orden geográfico y
social, determinaron que en aquellas juntadas de gauchos que pelearon por la
Independencia se diera una mixtura de acentos y sonidos que perdurarían
inclusive en los fogones de arrieros, reseros y troperos a los que él asistió
de niño en el Molino de los Dojorti en su Huaco natal. Leamos lo que escribió
en otro texto “La Chaya de Huaco”:
“Durante los días de Carnaval, en
Huaco -apartado y poético vallecito en el departamento de Jáchal- buscan la
manera de divertirse conforme a tradiciones lugareñas muy antiguas.
(…) La celebración de la chaya
exige lugares adecuados y suele realizarse en locales amplios como galpones
especialmente preparados para el caso. Dichos locales son murados de quincha y
se denominan “fondas”, a las que acude, en grupos de familias o de barriadas,
la gente del pueblo: viejos, mozos y niños de ambos sexos, entre los que se
destacan los músicos más bulliciosos y celebrados del lugar y sus alrededores.
Y así se reúnen en las fondas de la chaya, guitarras y acordeones, quenas y
charangos de las quebradas del Norte argentino, cajas diaguitas y bombos
calchaquíes.
Aparte de las danzas típicas, la
música más persistente en la chaya de las fondas es la de la vidala chayera,
que se acompaña con el bombo y es cantada por un concurso que se forma a su
alrededor y en el que se encadenan alternadamente hombres y mujeres abrazados.
En la rueda humana así formada en torno al bombo, cada uno de los participantes
canta una copla cuyo estribillo es coreado después por todos. Y en los
intervalos de la danza que se suceden a todo lo largo de la noche”.
Aquí
debo decir que cuando escuché la grabación de la Orquesta Balvanera Saavedra,
lo primero que llamó mi atención fue el componente rítmico que acompaña la
melodía y le da ese mismo carácter criollamente festivo que Buenaventura
señalaba como distintivo de las “cajas diaguitas y bombos calchaquíes”. El
nombre de estos pueblos originarios nos lleva a otro texto de Dojorti, “La
Chaya de los Quichuas”, donde dice:
“El bombo, “ton-ton”, retumba una reminiscencia de toldos abolidos en el recinto fresco, recién quinchado de verdes chilcas, pájaro-bobo y cachiyuyo. En torno al grave musicante que ejecuta la monorritmia secular, el coro danza un desgano de aborígenes vencidos. Entrelazados, mujeres y hombres alternan tragos y coplas:
“Dicen que es chaya,
yo no hi sabido.
Vamos chayando,
ya
que hi venido…”
Influido de bárbaro tiempo sin testigos en la soledad
agobiadora de los cerros, un “¡ay!” sediento de violencias amorosas rasga el
aire, se prolonga en la distancia y así remata el estribillo de la vidala.
Bruscamente el coro se trueca en torbellino de afanosas luchas en el que se
mezclan las risas y las súplicas a los gritos de “chaya, chaya, chaya”,
mientras unos a otros procuran aventajarse en la tentativa de almidonarse las
caras y rociarse los cabellos con ramos de albahaca”.
Puede que haya palabras o términos que no se entiendan, alejados como estamos
de las tradiciones que, sin embargo, siguen presentes para quienes –como pedía
Buenaventura- sean capaces de “poner el óido”. La música, qué duda cabe, es el
vehículo emocional que puede guiarnos en ese viaje de reconocimiento de lo que
es nuestro y deberíamos amar.
Por Carlos
Semorile.