El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

sábado, 15 de agosto de 2026

"Vamos chayando, ya que hi venido..."

 

Mi querido hermano Cristian Mallea me pasa un fragmento del ensayo en la legislatura porteña de la Orquesta Balvanera Saavedra, dirigida por su amigo Jorge Glocer. Del poeta y músico sanjuanino Buenaventura Luna suena la “Chacarera de la Chaya”, uno de los primeros temas que él grabó –encargándose de la glosa inicial y también del recitado- junto con su conjunto La Tropilla de Huachi-Pampa en diciembre de 1938.

 

El año que viene se cumplirán noventa años desde que Eusebio Dojorti (tal el verdadero nombre de Buenaventura Luna) llegara a Buenos Aires con su Tropilla, y tuvieran una primera presentación exitosa en la sede de la antigua Biblioteca Nacional de la calle México. Casi enseguida comenzaron a trabajar en Radio El Mundo y, como ya dijimos, un año más tarde ya estaban grabando sus primeros discos sencillos.

 

Podría suceder que alguien se preguntara por qué un sanjuanino compuso, ensayó y grabó una chacarera, cuando los cuyanos son más conocidos por sus tonadas. Sucede que Luna nació en Huaco, una localidad cercana a la por entonces Villa de Jáchal, una región de encrucijadas económicas, sociales y culturales que, merced al intercambio con paisanos de otras provincias, adquirió rasgos propios.

 

Así lo explicaba el propio Eusebio -que además fue periodista y ensayista- en uno de esos textos suyos que buscaban explicar las razones del canto nativo y la índole particular que éste tuvo en sus pagos:

 

“Antiguamente, era intenso el tráfico entre Cuyo con la llanura del Este o con las provincias del Norte, del Centro y del Litoral. De Cuyo salía el vino, las pasas, el aguardiente, mientras llegaban a la región los ganados de Córdoba, el azúcar y otros productos de Tucumán, todo ello mediante un activo tránsito de arrieros o reseros de las distintas zonas afectadas (…) Yendo y viniendo, en Cuyo dejó su copla y su cantar el hombre del llano, el de la ribera, el de la selva... Por otra parte, la circunstancia de haberse organizado al pie del Aconcagua el Ejército del Libertador, debe inducirnos a creer que en los fogones de El Plumerillo se oyeron durante años los tristes, cifras, cielos y milongas de la llanura, los aires cordobeses, las chacareras santiagueñas, las vidalas calchaquíes”.

 

Como se observa, motivos de orden histórico, junto con otros de orden geográfico y social, determinaron que en aquellas juntadas de gauchos que pelearon por la Independencia se diera una mixtura de acentos y sonidos que perdurarían inclusive en los fogones de arrieros, reseros y troperos a los que él asistió de niño en el Molino de los Dojorti en su Huaco natal. Leamos lo que escribió en otro texto “La Chaya de Huaco”:

 

“Durante los días de Carnaval, en Huaco -apartado y poético vallecito en el departamento de Jáchal- buscan la manera de divertirse conforme a tradiciones lugareñas muy antiguas.

(…) La celebración de la chaya exige lugares adecuados y suele realizarse en locales amplios como galpones especialmente preparados para el caso. Dichos locales son murados de quincha y se denominan “fondas”, a las que acude, en grupos de familias o de barriadas, la gente del pueblo: viejos, mozos y niños de ambos sexos, entre los que se destacan los músicos más bulliciosos y celebrados del lugar y sus alrededores. Y así se reúnen en las fondas de la chaya, guitarras y acordeones, quenas y charangos de las quebradas del Norte argentino, cajas diaguitas y bombos calchaquíes.

Aparte de las danzas típicas, la música más persistente en la chaya de las fondas es la de la vidala chayera, que se acompaña con el bombo y es cantada por un concurso que se forma a su alrededor y en el que se encadenan alternadamente hombres y mujeres abrazados. En la rueda humana así formada en torno al bombo, cada uno de los participantes canta una copla cuyo estribillo es coreado después por todos. Y en los intervalos de la danza que se suceden a todo lo largo de la noche”.

 

Aquí debo decir que cuando escuché la grabación de la Orquesta Balvanera Saavedra, lo primero que llamó mi atención fue el componente rítmico que acompaña la melodía y le da ese mismo carácter criollamente festivo que Buenaventura señalaba como distintivo de las “cajas diaguitas y bombos calchaquíes”. El nombre de estos pueblos originarios nos lleva a otro texto de Dojorti, “La Chaya de los Quichuas”, donde dice:

 

“El bombo, “ton-ton”, retumba una reminiscencia de toldos abolidos en el recinto fresco, recién quinchado de verdes chilcas, pájaro-bobo y cachiyuyo. En torno al grave musicante que ejecuta la monorritmia secular, el coro danza un desgano de aborígenes vencidos. Entrelazados, mujeres y hombres alternan tragos y coplas:                 

“Dicen que es chaya,

yo no hi sabido.

Vamos chayando,

ya que hi venido…”

Influido de bárbaro tiempo sin testigos en la soledad agobiadora de los cerros, un “¡ay!” sediento de violencias amorosas rasga el aire, se prolonga en la distancia y así remata el estribillo de la vidala. Bruscamente el coro se trueca en torbellino de afanosas luchas en el que se mezclan las risas y las súplicas a los gritos de “chaya, chaya, chaya”, mientras unos a otros procuran aventajarse en la tentativa de almidonarse las caras y rociarse los cabellos con ramos de albahaca”.

 

Puede que haya palabras o términos que no se entiendan, alejados como estamos de las tradiciones que, sin embargo, siguen presentes para quienes –como pedía Buenaventura- sean capaces de “poner el óido”. La música, qué duda cabe, es el vehículo emocional que puede guiarnos en ese viaje de reconocimiento de lo que es nuestro y deberíamos amar.

 

Por Carlos Semorile.

El video puede verse en: https://www.youtube.com/watch?v=cs3MwqT-TE0