El Pensamiento de Buenaventura Luna
viernes, 15 de noviembre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
¿Nada más que “un pelín extraviados”?
Por
Carlos Semorile
El pasado sábado 12 de octubre, se desarrolló la mesa
debate “El nuevo cancionero, historia y vigencia -Su influencia en los músicos
argentinos y latinoamericanos-”, en el marco del 9º Encuentro de Músicas de
Provincias que se desarrolla en el Espacio Cultural Nuestros Hijos. Un público
entusiasta colmó la sala para escuchar las reflexiones de Teresa Parodi,
Gloriana Tejada, Fabián Matus y Patricio Féminis. El debate estuvo moderado por
Pedro Patzer, quien rescató el gesto jauretcheano del Manifiesto del Nuevo Cancionero de dar vuelta el mapa, poniendo
al Sur
como Norte para mirar el mundo desde acá. Ello no fue casualidad. Gloriana
Tejada señaló que el Manifiesto fue
algo muy trabajado, muy madurado. Remarcó, además, un hecho trascendente: en
muchos países de la región se venían gestando movimientos de la nueva canción,
pero sin alcanzar una elaboración acabada, y fue el Manifiesto el que puso en palabras esa necesidad de los jóvenes de
aquellos años. Más importante aún: no sólo los identificó alrededor de una
proclama –por decirlo de algún modo-, sino que los interpeló como un colectivo.
Fabián Matus recogió esta idea, y llamó a los
músicos presentes a ser “movimientistas”. Bajando estatuas de sus pedestales
inmovilizantes, Matus pidió que se pensara que los firmantes del Manifiesto son nuestros contemporáneos y
que, si no fuera porque la pésima alimentación y mala salud se los llevó antes
de tiempo, “perfectamente podrían estar sentados entre nosotros”. “No son
próceres –dijo- sino gente común que un día decidieron llevar a cabo su
proyecto”. También Teresa Parodi instó a “arremangarse y laburar”, aprovechando
las nuevas conquistas como el Instituto Nacional de
En la misma línea se manifestó Patricio Féminis,
quien sostuvo que el Nuevo Cancionero está naciendo permanentemente porque
vuelve a surgir con cada nuevo intérprete que hace su aporte. Pero también
alertó sobre la necesidad de que sea de conocimiento masivo, y con raigambre
popular, para no quedar reducido a una élite de entendidos. Matus coincidió con
esta idea de que el Nuevo Cancionero se hace día a día pero, sin medias tintas,
dijo que “andamos un pelín extraviados” en lo que a poética se refiere. Y le
apuntó a la autorreferencialidad, porque hay un regodeo en las cuitas
singulares, y se ha dejado de hablar de lo que nos pasa como comunidad.
Una patria más suave y dulce
Por Carlos
Semorile
Cada
mañana, al filo de las once y cinco, sopla una brisa distinta en el aire de la
amplitud modulada de Radio Nacional. Se trata del espacio que Adalberto Flores ha
conquistado a fuerza de tangos, milongas, valsecitos y también algunos ritmos
criollos de nuestro folklore. Pero esta es sólo una parte del cuento, pues don
Adalberto se ha metido en el corazón de los oyentes, quienes esperamos sus
palabras tanto como sus discos. Suele llegar al estudio fatigado y mal comido,
pero aún así afloran sus formidables reservas de ternura cada vez que presenta
un tema. La voz se le enciende mientras instruye al público sobre un tanguito
olvidado y sus “circunstancias”: la orquesta y el cantor, el año en que fue
grabado, los nombres del autor y el compositor, alguna anécdota de su rica
historia, etcétera. Cuando la presentación concluye, adviene un instante
conmovedor cuando Adalberto se esfuerza por indicarle la “entrada” al joven
operador, y pega el grito: “Dale, pibe!!!”
Mientras
la canción gira, los radioescuchas comienzan a dejarle al amigo Flores mensajes
de gratitud junto con urgidos pedidos de que pase tal o cual tema de su
preferencia. Y de ser posible -agregan- que sea la versión de fulanito o
menganita. Es notable: para que todos estos reclamos pudiesen ser atendidos,
sería necesario ocupar varias horas de programación. Sin embargo, al regresar
de la música, el viejo Adalberto se dedica a rescatar alguna frase del tema
escuchado y a reflexionar en torno a ella. Los asuntos de su discurso
apasionado son universales (el amor, el desamor, la muerte, el coraje, la
pasión), pero su tono emotivo es eminentemente argentino. Acaso suene
candoroso, pero Adalberto Flores se parece a la música que elige y representa,
y su filosofía de barrio nos acerca siempre a la orilla más amorosa de la vida:
la que propone la caricia a tiempo, el abrazo hermano y la palabra justa como
un modo sencillo de la dicha.
El
fenómeno de Adalberto me ha hecho pensar, más de una vez, en una crónica que
Juan Agustín García escribió en los tiempos en que la música criolla -sin
discriminar- se daba cita en los centros tradicionalistas de inicios del Siglo
XX: “He recorrido con bondad y paciencia lo que se siente en esos centros populares.
El espectáculo es interesante. Se encuentran emociones muy intensas y bien
traducidas en un verso armonioso, español, pero muy argentino: con mucho sabor
local (…) La guitarra es, en todos estos cantos, el símbolo de la patria; de
una patria más suave y dulce, que no viene rodeada de banderas y músicas de
clarines”. La figura que logra el autor de
jueves, 10 de octubre de 2013
lunes, 23 de septiembre de 2013
martes, 20 de agosto de 2013
“Y te pedí un amor de luna llena...”
Por Carlos
Semorile
Esta
podría ser, acaso, una breve historia sobre el vals “Puentecito de mi río”,
sobre los tiernos motivos que Buenaventura Luna tuvo para componerlo y,
también, sobre un precario puente que pasaba por
Fue un
instante fugaz en el vacío;
fingió un
gesto de amor tu faz morena,
yo te conté
mi pena de amor junto al río
y te pedí un
amor de luna llena.
“Alguien
recuerda que tuvo una novia. Ella vivía algo lejos. Cuando de noche se desvelaba
pensando, montando su caballo galopaba cruzando el ‘Puentecito’, para ir a
cantarle una tonada en las sombras de la noche y volverse sin verla. Pero la
perdió”.[1]
Yo te
conté mis penas junto al río
era un gesto
de amor tu faz morena…
“Se
la quitó un amigo rico. Tenía 14 años. Escribió una carta a ese amigo,
hablándole del concepto de la amistad que él tenía. ‘El mejor blasón de un
hombre -decía- es ser buen amigo’. ‘Hizo bien en elegirte a ti. Tú eres rico,
culto. Yo solamente, como dice ella, una inteligencia campesina, una
inteligencia perdida, una inteligencia destruida’. Entonces, abandonó Huaco”.[2] No sin
antes escribir “unas décimas adolescentes a un amor frustrado”.[3]
Me diste
lo que me diste…
y si eso es
todo cuanto pudiste,
ya no he de
ponerme triste
porque no
existe lo que mentiste.
Puentecito de mi río
Puentecito del río que pasa
hacia el valle de fresco verdor,
cuántas veces al ir a su casa
a besar de sus labios la flor,
como el río que corre cantando
tú escuchaste mi canto de amor.
Viejo puente de piedra entre
las flores
de mis selvas y sierras del
Chañar,
ya no estás como entonces sobre
el río
que mil noches platearon las
lunas al pasar.
Roto el puente ya no podré
llegar
con mi verso, mi copla y mi
canción,
hasta el rancho en que vive la
más bella,
la dulce paisanita que adora el
corazón.
En el cauce rezonga bravío
desafiando mi amor y mi fe,
pero yo he de vencer a ese río,
otro puente sobre él tenderé,
y otra noche cantando,
cantando,
paisanita, a tu lao volveré.
(Ilustración: “Gran Puente de
Luna”, del dibujante Cristian Mallea).
