El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

lunes, 29 de julio de 2013

“En mi corazón un repiquetear por ti…”


Por Carlos Semorile

 

En este nuevo aniversario del fallecimiento de Buenaventura Luna, decidimos reivindicarlo como el auténtico autor y compositor de la zamba “Pampa del Chañar”, por más que en los registros oficiales figuren otros nombres. Y, para hacerlo, nada mejor que recurrir a los recuerdos de Blanca Carrizo, la destinataria de aquellos versos y aquella música que todo Jáchal reconoce como suyos.

 

Una de las cosas más conmovedoras que me sucedieron en esta tarea de recopilar los trabajos de Buenaventura Luna fue haber conocido a doña Blanca Carrizo. Con Hebe Almeida de Gargiulo y José Casas hacía tiempo que andábamos con ganas de entrevistar a la musa inspiradora de la “Pampa del Chañar”, y la ocasión se presentó en noviembre de 2008, en plena Fiesta de la Tradición Jachallera. Buscamos su casa un largo rato, parando y preguntando, perdiéndonos y volviendo a consultar, como si intentásemos alcanzar los rescoldos de un mito lejano.

 

Los griegos decían que desde el corazón del mito brotan los discursos de la historia y la verdad, y nosotros finalmente estábamos sentados alrededor de Blanca Carrizo, escuchando de su voz la verdad de aquella historia que “conocíamos” por la zamba que le dedicara Eusebio Dojorti. Su relato fue mesurado, pudoroso, y al mismo tiempo daba la sensación de que Blanca podía, al fin, contar las contingencias de un amor que marcó su vida y perduró en su memoria. Esto la colocaba en cierto estado de zozobra pero, siendo mujer de una fina inteligencia, se valió de su propia zamba para narrarnos los hechos.

 

Cuando era muy jovencita, Blanca fue elegida “paisana” (el equivalente a las “reinas” de otras fiestas puebleras), y la singular belleza de esta descendiente de inmigrantes libaneses llamó la atención de Eusebio:


Cuando te conocí
en Pampa del Chañar,
y me revoleó tu pollera azul sentí
en mi corazón un repiquetear por ti.

Pampa de soledad,
eso es mi corazón,
tu madre me vio cuando te besé, velay,
triste me quedé cuando te llevó por áhi.


“Él era un hombre muy bien, que me enamoró. Y yo también me enamoré de él. Él quiso casarse, me mandó los anillos y una cadenita. Entonces se fue a Chile, y me dijo: cuando venga voy a hablar con tus papás”. Pero durante la ausencia de Eusebio, las habladurías del pueblo llegaron a oídos de los padres de Blanca. Ellos hablaron con su hija y le dijeron que Dojorti estaba casado, que tenía hijos y que era demasiado mayor para ella. Cuando Eusebio regresó de Chile, Blanca le preguntó sobre su matrimonio y sus hijos. “Yo quiero que vayas a mi lado, pero no quiero que ignores nada”: era verdad que tenía hijos, pero estaba separado y nunca se había casado. De todos modos, la oposición de los padres de Blanca continuó siendo absoluta, y sólo le permitieron encontrarse con Eusebio para la despedida. Se vieron en una confitería ya desaparecida del centro de Jáchal, y “nos separamos llorando tal como dice la canción”.

 

Pasado el tiempo, Blanca Carrizo se casó con don Diógenes Figueroa y juntos tuvieron cuatro hijas mujeres. Ellas recibieron de manos de su madre los anillos y la cadenita que le había regalado Eusebio antes de su viaje a Chile. Uno de los dos anillos se perdió, lo mismo que un cuaderno con poesías que Dojorti le regalara, y en cuya tapa decía: “Nace una flor al borde de un camino”. Doña Blanca lamenta la inundación que le arrebató aquel preciado “libro”, pero atesora el verso con que Eusebio acompañó la entrega de aquellos poemas que se llevó la crecida:

 

Tienes los ojos de mora,

y enamoras cuando lloras,

enamoras cuando ríes

esta hermosa “beide abdíe”.

 

 “Beide abdíe quiere decir Blanca Rosa, porque yo soy hija de árabes”, nos dice con evidente orgullo. Y cuando ya nos estamos despidiendo, reaparece el tema de la zamba “Pampa del Chañar” con toda la carga emotiva que tiene para Blanca Carrizo: “Siempre para esta época de la Tradición la pasan mucho por la radio. A mí me gusta de la manera en que la canta Susana Castro, me emociona. Yo quiero conocerla a ella. Me gustaría darle un abrazo”.

 

    Ojalá, entonces, que Susana lea estas líneas y pueda acercarse hasta la casa de doña Blanca a cantarle la bella zamba que le dedicó Eusebio Dojorti.

jueves, 18 de julio de 2013

Las vidas paralelas de Atahualpa y Buenaventura



Por Carlos Semorile

 

Como si un Plutarco criollo hubiese escrito sus intensos destinos, Atahualpa Yupanqui y Buenaventura Luna llevaron adelante sendas “vidas paralelas". “Mi padre -escribió Roberto Chavero- era empleado del Ferrocarril. Era la época de los ingleses”. Por eso mismo -porque los ingleses controlaban el trazado estratégico de nuestras vías férreas- el padre de Eusebio Dojorti peleó infructuosamente durante años para que los gobernantes argentinos tomaran la decisión soberana de hacer que el ferrocarril llegase a Jáchal y los hiciera “entrar en el progreso”.

 

Los dos se criaron en ambientes rurales y -al calor del contacto cotidiano con arrieros, pastores y labriegos- supieron tempranamente de la suerte esquiva del hijo pobre de la “república” opulenta. Gracias a estos “maestros” y a una avidez lectora que los consumía por igual, Roberto y Eusebio de largaron a recorrer el país argentino siendo aún muy jóvenes. Llevaban la tierra adentro, pero salieron a palparla en sus hombres y mujeres, en sus cantos y en sus distintos tonos de decir lo argentino.

 

No mucho tiempo después, el movimiento nacional los encontró militando en diversas variantes del amplio abanico yrigoyenista. La vigorosa sustancia del verbo ya era fuerte en los dos mozos, y el periodismo fue tanto una profesión como un acto de fe en el poder transformador de la palabra. Casi enseguida, conocieron las asperezas de la derrota, fueron perseguidos y debieron exiliarse.

 

Regresarían a la vida pública abrazados al folklore, y a los seudónimos que los harían trascender. Llegaron, como dijeran los jóvenes del Nuevo Cancionero, a revitalizar la canción criolla: “Hasta el advenimiento de Buenaventura Luna y Atahualpa Yupanqui, el cancionero nativo se mantuvo en la etapa de formas estrictamente tradicionalistas y recopilativas (…) Fue la fijación en ese estado lo que degeneró en un folklorismo de tarjeta postal cuyos remanentes aún padecemos, sin vida ni vigencia para el hombre que construía el país y modificaba día a día su realidad. Es con Buenaventura Luna, en lo literario y con Atahualpa Yupanqui, en lo literario musical, con quienes se inicia un empuje renovador que amplia su contenido sin resentir la raíz autóctona. A ese hallazgo se sumará luego el aporte de músicos, poetas e intérpretes de las nuevas generaciones que, urgidos por desarrollar esa veta de la sensibilidad popular, han protagonizado el resurgimiento actual”.

 

Más tarde, la llegada del peronismo los encontró con miradas diferentes frente a la irrupción del fenómeno que partió en dos el Siglo Veinte de la Argentina: Dojorti adhirió al movimiento justicialista, y Chavero al comunismo. Estas elecciones políticas los distanciaron, pero antes dejaron su marca en tres colaboraciones previas al ´45: “Arbolito”, “Ya ni te acuerdas siquiera”, y “Este camino que va”. Acaso no llegaron a ser amigos “en el tramo profundo” pero compartieron una misma pasión por el país argentino, y ambos lucharon, desde la memoria y la matriz mestiza del canto y la música popular, reclamando un futuro digno para nuestro pueblo. 

lunes, 29 de abril de 2013

Mi sombra, por Eusebio Dojorti



Mi sombra

Por Eusebio Dojorti

 

Debo venir de una sombra,

porque aunque quise ser claro,

ya soy oscuro brillante,

como un caballo que muda,

después del invierno el pelo.

 

Debo venir de una sombra

y de un misterio a llorar.

Un tiempo me di a pensar

que ascendía hacia la luz,

y cuando quise acordar,

ya no me pudo librar

de aquel afán de soñar

bajo el yugo, mi testuz.

 

Acaso tuve sospechas

de lo heroico y de lo santo.

“Bueno es ser bueno” -me dije-

y es tanto lo que por eso he sufrido,

que ya no me asombra el llanto,

ni la risa ni el olvido.

 

Desde que tengo conciencia,

me va siguiendo una sombra.

Quise huir

desde esa sombra a la luz;

y otra vez volví a sufrir

acaso por no reír

en lo negro de mi cruz.

Monté un caballo al alba,

busqué otro amor de mujer;

y nunca pude entender,

ni en el borde del abismo,

de aquella sombra el poder:

era yo mismo, yo mismo.

 

¡Qué mares no habré surcado,

qué vidas no vi nacer!

¡Qué plantas no holló mi planta,

que ríos no vi correr!

¡Qué lunas no vi pasar,

qué vuelos no vi morir;

qué sol ni viento al nadir,

qué estrellas no vi llorar!

 

Sonrían adolescencias

ignorantes del futuro:

ya sé la peor de las ciencias:

la de ser triste y oscuro!

 

Quise huir por andar lejos,

desprenderme de mi sombra.

Me disparé a las llanuras,

me refugié en las montañas,

mas siempre siguió la sombra

aliada a mí pero extraña.

 

Me he cansado en pleno día,

cansé todos mis caballos.

Lejos, revientan los gallos

su elemental armonía.

Vamos llegando, caballo,

-viniendo desde tan lejos-;

ya vuelve a cantar el gallo,

ya somos mansos y viejos.

 

Ya no tengo aquí a mi madre

ni recuerdo de mujer

por quien sufrir en el tiempo,

no tengo por quién volver.

Ya es de noche, ya no andamos

galope en fuego divino;

y de vieja aquella sombra

quedó muerta en el camino.

 

Sombrita que me has seguido

a lo largo del destino,

tú no eres más que el olvido,

déjame andar un camino.

jueves, 3 de enero de 2013

Vallecito, el poema que Manuel J. Castilla le escribió a Buenaventura Luna




Buenaventura Luna fue uno de los percusores, encargado de abrir un surco por el que luego transitarían otros muchos poetas mayúsculos del país argentino. Sentimos que acabamos de decir mucho y muy poco a la vez porque semejante audacia artística -la feroz osadía de intentar siquiera la dignificación literaria, poética, filosófica y musical del canto nativo-, no es sino la parte visible de una profunda reflexión sostenida al calor del devenir -siempre difícil- de la Nación Argentina. Y es que la una no puede sostenerse sin la otra, y cualquier intento en ese sentido ya nace mocho; es decir: la verdadera audacia artística siempre va unida a un hondo pensar acerca del devenir argentino, y el genio de Buenaventura Luna consistió en abrir para sí mismo -y para todos los que vinieron y vendrán- un camino preñado de poesía rumbo al imperecedero canto y su luz eternizada.

 

Éste es, entonces, su legado, y sus herederos son una lista de nombres siempre en aumento: una pródiga lista de nombres como añiles resplandores en el cielo de los hombres que anhelan sus versos y cantan sus canciones. Nombres de hombres como Manuel J. Castilla, capaces de escribir –sobre el cuero de una mulita- las palabras que la voz de otro gran poeta se merecía:

 

 

Vallecito

                                        A Buenaventura Luna


                                      La canción del Vallecito

                                      quién la pudiera cantar,

                                      la madre cerca del fuego

                                      y el hombre dele llorar.

 

                                      Buena ventura la luna

                                      si vas cantando te da,

                                      Buenaventura la madre,

                                      madre y canción dónde están.

 

                                      Ay, guitarrero, guitarra,

                                      guitarra de lagrimear,

                                      San Juan ardido en las viñas

                                      y Huaco puro alfalfar.

 

                                      Guitarrero, guitarrero

                                      dónde tu voz, dónde está.

                                      Buena ventura lunita,

                                      lunita dámela ya.

 

                                      Lejos se queda mi valle

                                      clarito de soledad;

                                      el algarrobo, los vientos,

                                      y la canción de llorar.

 

                                      Cuando me toma la noche

                                      solito me sé quedar

                                      y a la copla sangre adentro

                                      le da por iluminar.

 

                                      Guitarrero, guitarrero,

                                      guitarra de trasnochar,

                                      cuando se duerma mi mano

                                      el vino te tocará.

 

                                      Buena ventura la luna,

                                      Buena ventura te dá,

                                      dame tu buena ventura

                                      lunita y tu claridad.

        

         Bs. Aires                                                    Castilla

         3 Julio 55

miércoles, 14 de noviembre de 2012

“Cuando usted payaba, Luna, el pueblo cantaba”

Cada viaje a Huaco es como un regreso al calor primordial de los afectos y al impulso vital de las empresas que nos reclaman. Fuimos a Jáchal para el Segundo Encuentro de Cultura Popular, y retornamos urgidos de proyectos compartidos. Uno de ellos, nos llevó a revisar una vez más los papeles de Eusebio Dojorti que Olga Maestre, su compañera, preservara y nos legara. Fue así que nos topamos con este bello escrito de despedida a Buenaventura Luna, dos páginas que no llevan firma, pero de las que, aún a riesgo de equivocarnos, diremos que parecen fluir de la maravillosa pluma de Manuel J. Castilla.

 

Yo hablo, yo le voy a hablar don Buenaventura en nombre de los amigos lejanos, de esos que no lo conocían y que lo querían hondo. En nombre de esos que se lo imaginaban fuerte y recio cuando escuchaban su voz. Porque yo, como ellos, sabía oírlo hablar de la tierra del vino, de los hombres, de la patria, y como ellos comencé a quererlo.

Y bueno. Uno a veces tiene que conocer a los hombres, mano a mano, pecho a pecho, vino a vino. Así nos conocimos hace unos cuantos días… Yo bebía por usted. Yo hablaba por usted entonces, pero sus ojos tenían lengua, don Buenaventura. Mejor dicho eran como una pala: iban cavando.

Ahora usted ya no está conmigo. Ni con Portal, ni con Falú, ni con Vega, ni con González ni con Álvarez, ni con Gasparrino. Usted está solo. Sola su alma. Y su verso también. Y Huaco. Y San Juan y la guitarra. Usted anda con las estrellas de la noche y la noche está llena de estrellas sobre nosotros.

No sé por qué le hablo, Luna.

Uno a veces quiere de golpe a los hombres y les habla. Les va diciendo las palabras que ha cortado la muerte.

Es como si le hablara de lejos, don Buenaventura. Como si fuera un verso suyo el que le nombra. Yo sé que usted era amigo. Y de los leales. Tal vez más amigo que uno. Usted brindaba su amistad como un vaso de vino y de canciones. Y uno se lo tomaba entero, se lo tragaba todo y usted se nos iba vino adentro.

Yo sé que estas cosas no le hubiera gustado oírlas, por modesto. Pero ahora yo sé que las oye desde la noche lujosa de astros donde se halla.

Y sé también que arriba, entre las estrellas, anda vagando lleno de polvaredas sanjuaninas en medio de la noche. Porque la noche, Luna, era de usted. Le pertenecía con la hondura conque siempre pertenece al amor.

Cuando usted payaba, Luna, el pueblo cantaba.

Déjeme decirle estas cosas. Usted se ha ido cantando y no cualquiera se va así. Usted ha cumplido el destino más hermoso del hombre: cantar hasta la muerte. ¿Se acuerda de esta copla?

Voy a cantar una copla

por si acaso muera yo,

porque nosotros los hombres

hoy somos, mañana no.

Ni que la hubiera escrito usted.

Yo podría hablar de otras cosas, ahora. Decir, por ejemplo, que usted era un hombre honesto, un hombre bueno. Prefiero decir esto que es fundamental para el corazón: usted era un hombre que cantaba. Yo sé que Martín Fierro me oye. Yo sé que, en este mismo instante en que lo dejamos más solo que nunca, me oyen todos los guitarreros del país. Yo sé que ahora, ya mismo, las guitarras se hacen de llanto, los bombos se golpean el pecho y los cantores cantan para su alma.

Porque arriba, también, los ángeles cantan.   

Su amistad me llegó como una mano abierta. Así se abrió su mano cuando se despedía. Hay cosas que duelen don Buenaventura, y duelen hondo. Que la muerte le haya ido estirando la voz hasta cortarla. La palabra con que usted vivía y para la cual vivía.

Su voz ya no estará más entre nosotros. Es ya solo un recuerdo, un río arenoso y musical que nos corre por la memoria. Pero quedan sus versos. Sus décimas llenas de fogones, de gauchos, de arrieros. Por ellas vamos a volver a andar don Buenaventura, como por un largo camino.

Será como si nos estuviésemos yendo por su corazón, hasta los campos del cielo.

Bueno don Luna. Basta de llanto. Usted nos ha dejado. Nosotros lo seguiremos luego. Arriba, el cielo donde ya habita, esta noche estará lleno de guitarras con remolinos sanjuaninos. 

El vino será una estrella de sangre sobre todos nosotros.

Don Buenaventura, hasta siempre.