Desde hace varios
años, con los compañeros, amigos y hermanos José Casas y Cristian Mallea
estuvimos trabajando en este libro que ahora sale a la luz y del que, por
muchas razones, nos sentimos muy orgullosos. Se llama “Punta del Agua. La
tierra que fue nuestra”, y el texto de sus solapas que compartimos a
continuación da cuenta de su contenido y del propósito que nos animó a perseverar
hasta lograr editarlo:
Desconocido
por argentinos y sanjuaninos por igual, el campo de Punta del Agua en San Juan,
es inmenso, desproporcionado e impreciso: mucho más de medio millón de
hectáreas. Una tierra casi despoblada y hoy improductiva que atraviesa toda la
cuenca del Río Bermejo desde Jáchal hasta Caucete y pasando por Mogna,
increíblemente invisible pero, a la vez, a ojos vista de todos. En la Punta del
Agua caben más de 30 ciudades de Buenos Aires y 200 veces la ciudad de San
Juan, abarcando un territorio que constituye una decimotercer parte de esta
provincia cuyana. Dicha vastedad nos da una idea de su importancia en términos
geográficos y, potencialmente, económicos.
Pese a ello,
Punta del Agua es todavía hoy una tierra incógnita de la que poco o nada se
sabe. Para subsanar dicho vacío, José Casas se ocupa de develar su historia y
las de sus sucesivas poblaciones, desde los antiguos habitantes indígenas,
pasando por el poblamiento de los primeros colonos españoles que llegaron allí,
y continuando con sus descendientes criollos que los sucedieron en la posesión
y que llegaron a hacer de la Punta del Agua el motivo mismo de su existencia
campesina. Entrando ya al siglo XX, la crónica, siempre hermanada al análisis
de los diversos factores necesarios y concurrentes que van desde su apogeo a su
caída, da cuenta de los sucesos que determinaron el despoblamiento progresivo
de puntalagüinas y puntalagüinos que debieron abandonar la heredad ancestral
por la malicia de los avorazados “dueños” de los extensísimos terrenos, hasta convertirlos
en un desierto infecundo y estéril.
Los relatos de
aquellos años son inseparables de la estirpe de los Mallea, una de las familias
que estuvo desde siempre en Punta del Agua y que tiene en la figura de Amancio
Mallea (tío de Cristian Mallea, el alma mater de este libro) a un testimoniante
indispensable para enlazar el lejano pasado y el doloroso presente de su
tierra.
Pero la Punta
del Agua es también la tierra que habitaron y amaron muchas otras familias que
conformaron este pueblo, y cuyos descendientes se expresan aquí porque saben
que la memoria es un territorio en disputa y que de allí no los desaloja nadie.
Por eso las
invaluables fotos que ilustran estas páginas deben considerarse como otros
testimonios arrancados al olvido merced a las laboriosas gestiones de José
Casas, de Cristian y de su primo Héctor Benítez, pero también como la expresión
del amor que profesan por Punta del Agua todas y todos aquellos que alguna vez
vivieron allí y que conservaron esas reliquias de un tiempo añorado entre las
brumas del recuerdo. Algo parecido puede decirse del mapa del pueblo que
Cristian y su prima Alejandra reconstruyeron en base a la prodigiosa memoria de
su tío Amancio, y que constituye un incontrastable documento que llena el
espacio dejado vacante por catastros que nunca existieron. Y como descreemos de
fatalismos, todo en este libro apunta a la veracidad y la certeza.
Los textos de
Carlos Semorile funcionan como otra crónica, en este caso la de los distintos
avances y retrocesos que los autores debieron sortear desde 2013 a la fecha
para poder hacer realidad este rescate de la Punta del Agua y su gente.
Por último, el impar texto final de Cristian Mallea resulta inusualmente bello, amoroso hasta en el más remoto de sus confines, poético y justo de genuina justicia esencial para con sus ancestros, con sus contemporáneos y para las generaciones de Malleas del porvenir. En un momento en que la Argentina está atravesada por la innoble pretensión de extranjerizar sus tierras y recursos, el rescate de los paisanos que vivieron, soñaron y proyectaron sus vidas en la Punta del Agua, nos recuerda que, como escribió Eusebio Dojorti en 1948, “todo es nuestro bajo el cielo argentino”. Y así debe seguir siendo si de verdad nos importa ser una comunidad emancipada.
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