El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

lunes, 12 de julio de 2010

"Ella cuidó la casa"

Por Carlos Semorile Maestre.
Un día como hoy pero de 1916 nacía, en la ciudad de San Juan, Dora Olga Maestre, la compañera de Eusebio de Jesús Dojorti y madre de siete de sus hijos: Marta Olga Maestre, José María "Marucho" Maestre, Brígida del Carmen Maestre, Beatriz Maestre, Mónica del Rosario Maestre, Eusebio de Jesús Maestre y Juan Pablo Maestre. Es para Olga Maestre que Eusebio Dojorti escribió los versos de "Por qué será que parece", y seguramente se inspiró en su ternura de mujer y madre para escribir las líneas que siguen:

Nunca he podido olvidar las cuatro palabras del epitafio antiguo: “Ella cuidó la casa”…
“Ella cuidó la casa…”. Lo habrá escrito alguna mano temblorosa de amor y sufrimiento. Ahí está el hombre ENTERO…, su alimento de dolor…, su NO poder llorar la tristeza lenta de la viudez paterna…, de la orfandad de sus hijos…, de su nocturna desolación ante los días…
“Ella cuidó la casa”… Nadie le ha dicho más al corazón de una mujer, seguramente porque aquella mano… temblorosa de amor y sufrimiento no escribió para la mujer de sus amores, sino para la ausente de su amor: para la madre…
“Ella cuidó la casa”… ¡Qué sencillo!..., como que es sencilla siempre la ciencia insuperable del sentimiento. Como es sencilla la ciencia que asciende desde el corazón del pueblo, hasta hacerle decir al rústico y acaso analfabeto trovador de la guitarra:
“En lo tocante a mujeres…,
tienen ellas señalau
un alto destino fijo:
que no hay amor bien lograu,
sino está santificau
por la alegría de un hijo”.
Y todavía este otro sentido estrictamente cristiano del hogar:
“Con la mujer salidora,
el más toro se atraganta.
Pero la madre que canta
Cosiendo ropa pal hijo,
es güena criolla y, de fijo,
poco menos que una santa”.
Ciencia del pueblo que siempre ha acertado a ver a la madre por sobre la mujer, hasta el extremo de identificar a aquélla con la misma tierra:
“La tierra tamién es hembra…,
dichoso del que la siembra”.
Ciencia del pueblo, del pueblo de abajo que sabe que a la tierra ha de volver… y volver dichoso, porque entretanto la tierra lo alimenta y le da calor como el regazo al hijo:
“La tierra tamién es hembra…,
dichoso del que la siembra!...”
Ciencia del pueblo, ciencia de mis viejos paisanos sanjuaninos que adivinan los misterios de la noche y del destino, que comprenden la secreta comunión de los seres con las cosas y que son capaces de identificar la maternidad de la tierra con la mujer madre. Con la mujer madre, que como la tierra, oculta el secreto del milagro de la vida y que, por eso, es confidente de Dios en el amor del hijo y en el amor del fruto… y en el sagrado murmullo de la oración y la plegaria.

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