El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

martes, 5 de junio de 2012

Los adolescentes huaqueños, Buenaventura Luna y el problema del espejo

El que sigue es el relato de un par de encuentros con adolescentes jachalleros y huaqueños donde se debatió el tema de las tradiciones. La narración, pese a que cuenta con alguna que otra conclusión entre comillas, está fatalmente incompleta, pues para “cerrarse” -y nuevamente abrirse a la polémica, como en una espiral- necesita que entre todos examinemos qué significa contar con un legado cultural, cómo dialogamos con él y de qué modo discutimos nuestra identidad en medio de un formidable proceso de cambios.

En noviembre de 2008 viajamos a Jáchal y a Huaco para presentar “El Canto Perdido y Los Manseros del Tulum -Buenaventura Luna y el Canto en las Tradiciones Populares Argentinas-” en el marco de la Fiesta de la Tradición Jachallera. Como siempre que vamos allí, nos movimos mucho pues, por debajo de su apariencia aldeana, toda Jáchal es un hervidero de inquietudes y movidas culturales permanentes. En esa ocasión, por ejemplo, los profesores y alumnos de la Escuela Agrotécnica de Huaco organizaron un encuentro con sus pares de Tudcum, y ese viaje terminó significando la primera presentación de un libro en aquella localidad cordillerana. Un par de días más tarde, siempre junto a Hebe Almeida y José Casas, tuvimos una conversación con los jóvenes de la Escuela Agrotécnica de Jáchal. Durante la misma, se generó un interesante debate entre los propios alumnos respecto de qué significaba para ellos “vivir la tradición”. La discusión tenía algo de urgido, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos en pleno desarrollo de la Fiesta de la Tradición, pero también debido a la edad de esas chicas y muchachos, ya más preuniversitarios que simples secundarios. La charla, que comenzó con algunas dudas respecto a mi identidad como nieto de “Don Buena”, ahora se había polarizado en dos únicas opciones: o se respetaba la tradición a rajatabla (es decir, en toda la línea: música, lenguaje, aspecto, etc.), o se rompía con ella por la adquisición voluntaria o forzosa de elementos de otras tradiciones culturales. Nótese la complejidad del asunto que estos jóvenes se habían lanzado a discutir por su cuenta, mientras “los panelistas” casi ni interveníamos. Sólo lo hicimos al final, para apoyar la intervención de un muchacho que sostuvo que acaso resultaba inevitable vestirse con un pantalón de “jean” pero que, mientras uno supiera quién era en términos culturales, eso no significaba el quiebre con la propia tradición. Si no me equivoco, de aquel encuentro salimos todos contentos, tanto los que supuestamente sabíamos, como los chicos y chicas que terminaron hablando de una aguda preocupación cultural que necesitaban examinar grupalmente. 

Días más tarde, asistíamos a los preparativos del Ballet Huaco para su gran noche en el escenario Tito Capdevila, y se me ocurrió que podíamos repetir la experiencia. Esta vez fue en la Agrotécnica de Huaco con unos chicos de segundo año del secundario. En otras aulas del colegio se ensayaban las danzas que llevarían al anfiteatro de Jáchal y, el clima general era de pibes y pibas yendo y viniendo con absoluta libertad por todo el colegio. Por eso, cuando nos presentamos (esta vez no estaban Hebe ni José) parecía que no había “clima” y que los chicos estaban “en otra”. Sin embargo, sólo se trataba de una cuestión del tiempo necesario para entrar en confianza. Una vez lograda la familiaridad necesaria, una de las adolescentes se animó a preguntar: “¿Para qué nos sirve a nosotros Buenaventura Luna?” Debo confesar que su requerimiento me tomó de sorpresa, sobre todo porque estos jóvenes están formados en el amor al “Poeta” -como ellos le llaman- y a todo lo que representa para ese pueblo. Pese a mi asombro, comprendí que la pregunta de esa niña representaba si no a todos, al menos a buena parte de sus compañeras y compañeros. En función de este reclamo de “utilidad”, pensé en señalarles algunos aspectos pocos conocidos de la vida del huaqueño. Reseñé su trabajo para los medios chilenos durante 1952 para apoyar la concreción de la ruta entre San Juan y La Serena, en función de los múltiples beneficios de integración estratégica en las áreas económica y comercial, y también por el desarrollo industrial y de puestos de trabajo que ello iba a traer a la región, y que al no concretarse volvió a condenar a sus habitantes (o sea, a los abuelos de esos jóvenes) a la mera subsistencia. Recordé también aquellos argumentos cinematográficos de Eusebio Dojorti que no llegaron a filmarse, pero mediante los cuales se proponía retratar la comarca, su modo de vida, sus costumbres, los modos del habla de sus paisanos, sus anhelos y pasiones. Señalé que, de haberse realizado las filmaciones, las mismas hubiesen significado el acceso de Huaco -en clave de ficción- al archivo fílmico nacional, y que dicha presencia, cincuenta años después, todavía seguía pendiente.

Como se observa, iba contestando a los ponchazos. Pero el tema del cine me dio la pauta de cual era la mayor “utilidad de Buenaventura Luna” de la que podían servirse aquellos adolescentes. Los invité a mirarse los unos a los otros, y a descubrir la semejanza entre ellos y sus ídolos del cine, la televisión y la música, rubios como Brad Pitt o blondas como Britney Spears, o sus émulos del firmamento local. No tardaron nada en “descubrir”, por decirlo así, que el parecido era nulo. A partir de ahí pudimos empezar a hablar de la diferencia entre colgar un póster en la pared o poner un espejo: el póster nos  obliga a una identificación que nos aleja de nosotros mismos, mientras que el espejo nos habla de quiénes vamos siendo cada día de nuestras vidas. Y ahí se entendió, me parece, la fortuna de contar con un Buenaventura Luna que les legó un espejo digno en el cual aprender a reconocerse para, siendo culturalmente tan ricos como son, no creerse menos que nadie. 
Por Carlos Semorile.