El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

En una callecita de Jáchal



Vaya uno a saber por qué, durante nuestra infancia se nos impregnan ciertas imágenes. Son escenas precisas que luego se hacen memoria de hechos de los que desconocemos casi todo salvo que están ahí, entre el corazón y el alma, a la espera de que las descifre el adulto en que nos convertimos. Imagino que algo así le sucede a Mirta Videla con el recuerdo de su madre conversando con un hombre apuesto en una vereda de Jáchal. En verdad, la evocación encadena las repetidas oportunidades en que Mirta vio suceder el entretenido encuentro. Es un instante de una extraña intensidad porque, al fin y al cabo, ¿quién es hombre que no es ni un tío, ni un amigo o un conocido de la familia? Pasan los años y, ante la consulta, la madre de Mirta sorprende a su hija con una revelación inesperada: ese señor de chambergo, el de las charlas casuales en las horas más diversas, era Eusebio Dojorti. Sí, claro, Buenaventura Luna. 

Sigue el tiempo rodando, y una noche de 2007 se presenta Marcelo Caballero en una peña de San Telmo. El “Pájaro” –que así le dicen- es uno de esos tesoros ocultos del canto argentino, dueño de una delicada sencillez y un registro dulcísimo y por momentos vibrante. Mientras lo esperamos, descubrimos que quien nos tiene fascinados en la mesa con sus historias de su paso por Colombia es nada menos que Mirta Videla. Esa misma mañana, en una librería de viejo, hemos comprado “Maternidad, mito y realidad”, obra fundante de toda una corriente de ternura y “miramiento” hacia las embarazadas. Nos toca presentarnos, a la vez como discípulos de Diana Wechsler –quien se formó con Mirta- y como herederos de Don Buena. El círculo comienza a cerrarse, pues aquí estamos la hija y los nietos de aquel par de amigos que se conversaban ante la atenta mirada de una niña jachallera.

Pero quien dice amigos, puede decir también algo más. Al menos así lo sugiere Mirta, quien me invita a pensar esa posibilidad y, llegado el caso, a escribirla. La fama de Eusebio, pienso, lo precede y le va sumando manchas a su pelaje de mujeriego y no sé cómo salir del atolladero. De pronto, recuerdo lo que leí acerca de un maestro de astronomía cuando sus alumnos le preguntaban si había vida inteligente en otras galaxias. El profe, en vez de dar una respuesta, los invitaba a pensar: ¿qué les parecería que hubiese otros mundos habitados? “Maravilloso”, contestaban los niños. ¿Y cómo tomarían la chance de ser los únicos seres pensantes del universo? “Maravilloso”, volvían  a responder los chicos. Y se me ocurre que ésta es la clave, porque es tan extraordinario creer que hayan vivido un amor, como lo es pensar que su amistad necesitaba detenerse y palabrearse en algunas callecitas de Jáchal.

Por Carlos Semorile.

(Foto de la Lic. Mirta Videla en su casa familiar de la calle Florida de San José de Jáchal o, como ella dice, “la casa embrujada por el "anima" de mis antepasadas”).

lunes, 10 de noviembre de 2014

Palabras de Buenaventura Luna sobre Martín Fierro y la Justicia Social (1952)



Entiéndase bien que Martín Fierro es un símbolo; símbolo de un campesino gaucho que tuvo en su pago en un tiempo, hijos, hacienda y mujer, “pero empecé a padecer, me echaron a la frontera, y qué iba a hallar al volver, tan sólo hallé la tapera”. Él, el gaucho, había ido a servir a la Patria con su sangre y con aquel brazo incansable revoleador de lanzas, recluta de Belgrano o peoncito de Güemes en el Alto Perú, en las campañas del Ejército del Norte. Después de la batalla, encendió fogones en la meseta de Chacabuco, pitó del juerte codo a codo con su hermano el roto la noche de Cancha Rayada, y por fin y remate de sus glorias tuvo que pedir prestada una camisa para poder asistir, aquí en Santiago, a la misa en acción de gracias por la victoria de Maipú.

Después, tiempo más tarde, le quebró la rienda al caballo para embarrarlo en la batalla contra el indio ranquel que amenazaba los inmensos pastoreos de los estancieros cuasi gringos de Buenos Aires. Ése fue su delito, el único delito decisivo de su drama, entre otras cosas, porque esta vez ya no iba a pelear bajo el mando de aquellos que, equivocados o no y por sobre toda divergencia circunstancial, perdurarán siempre en la emoción de argentinos y chilenos como representativos ardientes de la Patria Vieja: los Belgrano, los San Martín, los Güemes, los Carreras, los O´Higgins, los Freire, o los Manuel Rodríguez, o los Balcarce que, de un modo u otro, hicieron posible la posterior y resultante independencia política y jurídica de nuestras naciones.

Y a los cuales sólo podemos -y sólo debemos- contemplar ahora desde el punto de vista dichoso y feliz de las conciliaciones nacionales e internacionales ya logradas en nuestras tierras precisamente por éso: porque casi todos, o todos ellos, tuvieron que pedir prestada una camisa, que vale casi tanto como decir la túnica dos veces milenaria del redentor Galileo, para dar gracias por su victoria contra los enemigos de su vocación más alta: la de la Libertad en lo Político, únicamente posible por la Verdad de la Justicia en lo Social.