El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

“Cuando usted payaba, Luna, el pueblo cantaba”

Cada viaje a Huaco es como un regreso al calor primordial de los afectos y al impulso vital de las empresas que nos reclaman. Fuimos a Jáchal para el Segundo Encuentro de Cultura Popular, y retornamos urgidos de proyectos compartidos. Uno de ellos, nos llevó a revisar una vez más los papeles de Eusebio Dojorti que Olga Maestre, su compañera, preservara y nos legara. Fue así que nos topamos con este bello escrito de despedida a Buenaventura Luna, dos páginas que no llevan firma, pero de las que, aún a riesgo de equivocarnos, diremos que parecen fluir de la maravillosa pluma de Manuel J. Castilla.


Yo hablo, yo le voy a hablar don Buenaventura en nombre de los amigos lejanos, de esos que no  lo conocían y que lo querían hondo. En nombre de esos que se lo imaginaban fuerte y recio cuando escuchaban su voz. Porque yo, como ellos, sabía oírlo hablar de la tierra del vino, de los hombres, de la patria, y como ellos comencé a quererlo.
Y bueno. Uno a veces tiene que conocer a los hombres, mano a mano, pecho a pecho, vino a vino. Así nos conocimos hace unos cuantos días… Yo bebía por usted. Yo hablaba por usted entonces, pero sus ojos tenían lengua, don Buenaventura. Mejor dicho eran como una pala: iban cavando.
Ahora usted ya no está conmigo. Ni con Portal, ni con Falú, ni con Vega, ni con González ni con Álvarez, ni con Gasparrino. Usted está solo. Sola su alma. Y su verso también. Y Huaco. Y San Juan y la guitarra. Usted anda con las estrellas de la noche y la noche está llena de estrellas sobre nosotros.
No sé por qué le hablo, Luna.
Uno a veces quiere de golpe a los hombres y les habla. Les va diciendo las palabras que ha cortado la muerte.
Es como si le hablara de lejos, don Buenaventura. Como si fuera un verso suyo el que le nombra. Yo sé que usted era amigo. Y de los leales. Tal vez más amigo que uno. Usted brindaba su amistad como un vaso de vino y de canciones. Y uno se lo tomaba entero, se lo tragaba todo y usted se nos iba vino adentro.
Yo sé que estas cosas no le hubiera gustado oírlas, por modesto. Pero ahora yo sé que las oye desde la noche lujosa de astros donde se halla.
Y sé también que arriba, entre las estrella, anda vagando lleno de polvaredas sanjuaninas en medio de la noche. Porque la noche, Luna, era de usted. Le pertenecía con la hondura conque siempre pertenece al amor.
Cuando usted payaba, Luna, el pueblo cantaba.
Déjeme decirle estas cosas. Usted se ha ido cantando y no cualquiera se va así. Usted ha cumplido el destino más hermoso del hombre: cantar hasta la muerte. ¿Se acuerda de esta copla?
Voy a cantar una copla
por si acaso muera yo,
porque nosotros los hombres
hoy somos, mañana no.
Ni que la hubiera escrito usted.
Yo podría hablar de otras cosas, ahora. Decir, por ejemplo, que usted era un hombre honesto, un hombre bueno. Prefiero decir esto que es fundamental para el corazón: usted era un hombre que cantaba. Yo sé que Martín Fierro me oye. Yo sé que, en este mismo instante en que lo dejamos más solo que nunca, me oyen todos los guitarreros del país. Yo sé que ahora, ya mismo, las guitarras se hacen de llanto, los bombos se golpean el pecho y los cantores cantan para su alma.
Porque arriba, también, los ángeles cantan. 
Su amistad me llegó como una mano abierta. Así se abrió su mano cuando se despedía. Hay cosas que duelen don Buenaventura, y duelen hondo. Que la muerte le haya ido estirando la voz hasta cortarla. La palabra con que usted vivía y para la cual vivía.
Su voz ya no estará más entre nosotros. Es ya solo un recuerdo, un río arenoso y musical que nos corre por la memoria. Pero quedan sus versos. Sus décimas llenas de fogones, de gauchos, de arrieros. Por ellas vamos a volver a andar don Buenaventura, como por un largo camino.
Será como si nos estuviésemos yendo por su corazón, hasta los campos del cielo.
Bueno don Luna. Basta de llanto. Usted nos ha dejado. Nosotros lo seguiremos luego. Arriba, el cielo donde ya habita, esta noche estará lleno de guitarras con remolinos sanjuaninos. 
El vino será una estrella de sangre sobre todos nosotros.
    Don Buenaventura, hasta siempre.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Eusebio Dojorti y la Cuestión Nacional (Segunda Parte)


En 1930, la juventud bloquista que encabezaba Dojorti presentó un documento que planteaba la reorganización del partido. Cantoni no vio con buenos ojos al grupo disidente y los expulsó del bloquismo. Mientras tanto, aceitaba sus contactos con el general Justo, primer presidente “electo” de la Década Infame, y accedía por segunda vez a la gobernación a fines de 1931. Los expulsados se organizaron en el grupo La Montaña, así llamado por su intención de reflotar un semanario de la juventud bloquista. Dice Garcés: “Poco antes de la asunción del nuevo gobierno de Federico, el 12 de mayo de 1932, éste había denostado con fuertes epítetos en un mitin realizado en un cine céntrico, a ‘esos muchachos de La Montaña', augurándoles un futuro muy negro por haberse atrevido a desafiar al líder”. Las amenazas no tardaron en concretarse: una patota armada se presentó en la imprenta y secuestró el diario, a su director (Dojorti), a los redactores Juan José Montilla y Carlos Miscovich, y más tarde a Enrique Haagendal. Desde ese momento, pasaron a ser detenidos-desaparecidos.

Sin embargo, desde el sótano de la casa del gobernador, Dojorti logró enviar un telegrama a Justo donde denunciaba su situación (amenazado de muerte por Cantoni) y la de sus compañeros, trasladados de comisaría en comisaría para burlar los recursos de hábeas corpus. El caso repercutió en los diarios nacionales, y comenzó una batalla mediática en torno a la verdad o falsedad de los dichos de Dojorti. Cantoni sostenía que se habían ido de la provincia por sus propios medios y que, desde la comodidad de su retiro, posaban de mártires. Pero la anunciada visita de una comisión investigadora nacional complicaba las cosas, y fueron llevados al departamento de Calingasta. Si hasta aquí la movilización y las denuncias habían logrado hacer “visibles” a los secuestrados, con lo cual probablemente habían salvado sus vidas, el nuevo “traslado” volvía a dejarlos en situación de desamparo.

Pasarían los siguientes 70 días en la cárcel de Tamberías, engrillados, mal alimentados y casi sin abrigo. Quiso la fortuna que uno de los soldados fuese Rodolfo Flores, antiguo empleado de la finca de los Dojorti: con su ayuda, y la de otros milicianos, los periodistas prepararon la fuga. Que se produjo el 31 de julio, y derivó en un tiroteo que dejó un policía herido. Fracasado el intento de huir en el móvil policial, Miscovich se alejó a buscar otro auto. Rodeado, el grupo de Dojorti se refugió en las montañas perdiendo contacto con Miscovich. La fuga dejó mal parado al gobierno que inventó una supuesta “Revolución de Calingasta”, un ataque de sediciosos llegados desde Mendoza. Mientras tanto, mandaba tropas para buscar a los evadidos, blanqueaba las paredes en las que los muchachos habían dejado leyendas durante su cautiverio, y trasladaba a los soldados que habían participado de la custodia para que no hablasen con la prensa. Pero ellos lograrían burlar a quienes los buscaban “vivos o muertos”, gracias a la ayuda del maestro y baqueano Juan Astudillo. Tras vivir una verdadera odisea en la cordillera, el 8 de agosto arribaron a la estancia Yaguaraz, en territorio mendocino. Al llegar a la ciudad de Mendoza, unas tres mil personas se reunieron a escuchar los discursos de Dojorti y Montilla que denunciaron la farsa de “La Revolución de Calingasta”.

Pero faltaba Miscovich. Tribuna decía que “Dojorti ha manifestado que su compañero Miscovich desapareció en la obscuridad de la noche y que teme que haya sido apresado por la policía y que se lo torture a fin de que declare en contra de sus compañeros”. Miscovich, finalmente, también pudo romper el cerco y ponerse a salvo, pero nos interesa rescatar que Dojorti usa la palabra “compañeros”. Y eso nos lleva a situar las cosas en otro lugar. Los que iban a editar un diario y fueron secuestrados y desaparecidos, los que estuvieron más de 70 días engrillados, los que se fugaron a los tiros, los que eludieron la cacería y quisieron testimoniar para salvar al compañero aún desaparecido, eran militantes políticos.

En 1933, Dojorti enfrentaría a Cantoni desde la Unión Regional Intransigente, partido para el que escribió un vibrante Manifiesto que contiene un insoslayable análisis de los dilemas fundamentales de la Argentina. Eusebio no alcanzaría la banca de diputado y abandonaría la política partidaria para convertirse en “el Buenaventura Luna de la radio”. En 1934, Cantoni sufrió un cruento golpe de estado que lo llevó a reconocer lo erróneo de su alianza con los conservadores. Ya no volvería a equivocarse. Luego de algunos escarceos con el coronel Perón, tuvo un gesto inédito: recomendó disolver el bloquismo pues la existencia del peronismo aseguraba la Justicia Social para “la chusma de alpargata”. Por su parte, Eusebio también había adherido a la causa de los descamisados. Cantoni y Dojorti volverían a cruzarse, años más tarde, en la Avenida de Mayo, a pocas cuadras de donde fueron atacados en el verano de 1928. Eusebio se levantó de su silla y se sacó el sombrero. Federico se acercó hasta su mesa. Y los dos hombres se estrecharon las manos.

Por Carlos Semorile.

Eusebio Dojorti y la Cuestión Nacional (Primera Parte)


Hoy miércoles 8 de agosto de 2012 se cumplen 80 años de la  fuga de Eusebio Dojorti y sus compañeros del diario La Montaña de la cárcel de Tamberías, en la cual habían sido confinados por el gobernador Federico Cantoni por cuestionar la alianza del bloquismo con los sectores conservadores a los que habían combatido toda la vida. Más allá de los pormenores ciertamente épicos en que se desarrolló todo el episodio, los antecedentes y las consecuencias políticas de este enfrentamiento nos permiten ver el modo en que el futuro Buenaventura Luna se acercó a la Cuestión Nacional, y de qué manera se posicionó clara e invariablemente dentro del campo nacional, popular y democrático.

Con apenas 16 años, Eusebio Dojorti se escapó de su casa para viajar por el país argentino. Conoció el incipiente desarrollo industrial de algunas regiones, y advirtió el contrapunto entre ese desenvolvimiento y la decadencia económica del “vallecito”. Para esa época, San Juan iniciaba, bajo el liderazgo de Federico Cantoni una serie de cambios políticos y sociales que sintonizaban con el proceso que el yrigoyenismo había comenzado años atrás, pero que a la vez profundizaba ese camino de reparación social. “El pueblo criollo creyó que había sonado la hora de su liberación económica y espiritual”, y el joven Eusebio pensó lo mismo. Durante cuatro meses se enclaustró a leer para poder sentarse de igual a igual en las tertulias de la vida intelectual de la ciudad. Lo que equivale a decir en la vida política de la capital sanjuanina.

Dojorti estudiaba porque estos movimientos “populistas” (el yrigoyenismo, el lencinismo y el cantonismo) venían a revolucionar las sociedades conservadoras de principios del siglo XX. El cantonismo impulsó suficientes medidas sociales como para considerarlo precursor del peronismo. El estado bloquista comenzó a redistribuir los ingresos a favor del chiniterío, chocando de inmediato con la Liga de Defensa de la Propiedad, la Industria y el Comercio de San Juan, con los bodegueros y viñateros. También los socialistas atacaban las medidas que favorecían a los trabajadores, curiosidad que Cantoni explicaba diciendo: “Nosotros somos un peligro para ellos, porque estamos interpretando en parte el programa del Partido Socialista”.

La oposición llegaba a extremos inusitados de violencia simbólica a través de la prensa escrita. Los diarios conservadores denostaban constantemente a Cantoni y al bloquismo. Celso Rodríguez recopila los siguientes agravios: “desborde de barbarie, iracundia salvaje, personaje de toldería, sátrapa, gobierno bárbaro y barbarizante, comunismo semigaucho, oficialismo mazorquero”. Bajo este hostigamiento permanente, pero también en medio de la más absoluta libertad de prensa, Dojorti comenzó a trabajar como redactor de los diarios oficialistas La Reforma y Debates, desde donde se contestaban aquellas críticas. Esta puja entre discursos supuso una discusión sustantiva sobre el rol profundo del periodismo, su papel como ocultador o como formador, y Eusebio se forjó como militante y periodista en ese clima de fuerte disputa política en torno a los usos de la palabra pública. Siempre fue un periodista de opinión, sin falsas imparcialidades u objetividades.

Además, se destacaba como un fogoso orador y, según José Casas, llegó a ser “secretario de la gobernación durante el primer gobierno de Cantoni”. A la oposición de conservadores y socialistas se le sumaban los yrigoyenistas, que combatían a lencinistas y cantonistas. El personalismo de los líderes pesaba más que la historia y el hecho de provenir de un mismo tronco ideológico. Esta falta de perspectiva política iba a llegar hasta el absurdo de que los tres movimientos populares se aliaran a sectores conservadores para combatirse mutuamente (los cuyanos -más sus ocasionales aliados- contra yrigoyenistas, y viceversa), en vez de apoyarse para neutralizar a quienes los atacaban tanto por derecha como por izquierda. La oposición apoyó una intervención federal que terminó con la primer experiencia bloquista por pretender cambiar los ejes del debate cultural.

En lo sucesivo, las contradicciones no hicieron más que agravarse. El nuevo gobernador bloquista fue Aldo Cantoni y sancionó una Constitución absolutamente de avanzada a nivel nacional. Paradojalmente, mientras el establishment sanjuanino se esperanzaba con el retorno de Yrigoyen, los bloquistas apoyaban al radicalismo anti-yrigoyenista pues creían que esa alianza evitaría una nueva intervención. Durante la campaña a favor de la fórmula antipersonalista, Dojorti acompañó a Federico Cantoni a Buenos Aires y le salvó la vida en pleno centro porteño.

Pero el alvearismo fue aplastado sin piedad por Yrigoyen, y Eusebio rescataría cruciales enseñanzas de aquella campaña. Se hacía necesario aglutinar conciencias desde una visión nacional, sin mezquindades, para avanzar desde las conquistas políticas hacia la plenitud de los derechos sociales. Era necesario acompañar al gobierno popular y por ello, como explica Luis Garcés, Dojorti encabezó “un movimiento democratizador al interior del bloquismo”, pues “no había digerido adecuadamente las alianzas con el antipersonalismo nacional alvearista”. Si hasta el momento el cantonismo había actuado en defensa propia y de la autonomía provincial, ahora comenzaba un viraje que iba a alejarlo del frente nacional. Dojorti vislumbraba el peligro que estas divisiones estériles le provocaban al movimiento democrático, y que en poco tiempo dejaría inerme a Yrigoyen cuando Uriburu, Justo y el diario Crítica le diesen un golpe con “olor a petróleo”.

martes, 5 de junio de 2012

Los adolescentes huaqueños, Buenaventura Luna y el problema del espejo

El que sigue es el relato de un par de encuentros con adolescentes jachalleros y huaqueños donde se debatió el tema de las tradiciones. La narración, pese a que cuenta con alguna que otra conclusión entre comillas, está fatalmente incompleta, pues para “cerrarse” -y nuevamente abrirse a la polémica, como en una espiral- necesita que entre todos examinemos qué significa contar con un legado cultural, cómo dialogamos con él y de qué modo discutimos nuestra identidad en medio de un formidable proceso de cambios.

En noviembre de 2008 viajamos a Jáchal y a Huaco para presentar “El Canto Perdido y Los Manseros del Tulum -Buenaventura Luna y el Canto en las Tradiciones Populares Argentinas-” en el marco de la Fiesta de la Tradición Jachallera. Como siempre que vamos allí, nos movimos mucho pues, por debajo de su apariencia aldeana, toda Jáchal es un hervidero de inquietudes y movidas culturales permanentes. En esa ocasión, por ejemplo, los profesores y alumnos de la Escuela Agrotécnica de Huaco organizaron un encuentro con sus pares de Tudcum, y ese viaje terminó significando la primera presentación de un libro en aquella localidad cordillerana. Un par de días más tarde, siempre junto a Hebe Almeida y José Casas, tuvimos una conversación con los jóvenes de la Escuela Agrotécnica de Jáchal. Durante la misma, se generó un interesante debate entre los propios alumnos respecto de qué significaba para ellos “vivir la tradición”. La discusión tenía algo de urgido, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos en pleno desarrollo de la Fiesta de la Tradición, pero también debido a la edad de esas chicas y muchachos, ya más preuniversitarios que simples secundarios. La charla, que comenzó con algunas dudas respecto a mi identidad como nieto de “Don Buena”, ahora se había polarizado en dos únicas opciones: o se respetaba la tradición a rajatabla (es decir, en toda la línea: música, lenguaje, aspecto, etc.), o se rompía con ella por la adquisición voluntaria o forzosa de elementos de otras tradiciones culturales. Nótese la complejidad del asunto que estos jóvenes se habían lanzado a discutir por su cuenta, mientras “los panelistas” casi ni interveníamos. Sólo lo hicimos al final, para apoyar la intervención de un muchacho que sostuvo que acaso resultaba inevitable vestirse con un pantalón de “jean” pero que, mientras uno supiera quién era en términos culturales, eso no significaba el quiebre con la propia tradición. Si no me equivoco, de aquel encuentro salimos todos contentos, tanto los que supuestamente sabíamos, como los chicos y chicas que terminaron hablando de una aguda preocupación cultural que necesitaban examinar grupalmente. 

Días más tarde, asistíamos a los preparativos del Ballet Huaco para su gran noche en el escenario Tito Capdevila, y se me ocurrió que podíamos repetir la experiencia. Esta vez fue en la Agrotécnica de Huaco con unos chicos de segundo año del secundario. En otras aulas del colegio se ensayaban las danzas que llevarían al anfiteatro de Jáchal y, el clima general era de pibes y pibas yendo y viniendo con absoluta libertad por todo el colegio. Por eso, cuando nos presentamos (esta vez no estaban Hebe ni José) parecía que no había “clima” y que los chicos estaban “en otra”. Sin embargo, sólo se trataba de una cuestión del tiempo necesario para entrar en confianza. Una vez lograda la familiaridad necesaria, una de las adolescentes se animó a preguntar: “¿Para qué nos sirve a nosotros Buenaventura Luna?” Debo confesar que su requerimiento me tomó de sorpresa, sobre todo porque estos jóvenes están formados en el amor al “Poeta” -como ellos le llaman- y a todo lo que representa para ese pueblo. Pese a mi asombro, comprendí que la pregunta de esa niña representaba si no a todos, al menos a buena parte de sus compañeras y compañeros. En función de este reclamo de “utilidad”, pensé en señalarles algunos aspectos pocos conocidos de la vida del huaqueño. Reseñé su trabajo para los medios chilenos durante 1952 para apoyar la concreción de la ruta entre San Juan y La Serena, en función de los múltiples beneficios de integración estratégica en las áreas económica y comercial, y también por el desarrollo industrial y de puestos de trabajo que ello iba a traer a la región, y que al no concretarse volvió a condenar a sus habitantes (o sea, a los abuelos de esos jóvenes) a la mera subsistencia. Recordé también aquellos argumentos cinematográficos de Eusebio Dojorti que no llegaron a filmarse, pero mediante los cuales se proponía retratar la comarca, su modo de vida, sus costumbres, los modos del habla de sus paisanos, sus anhelos y pasiones. Señalé que, de haberse realizado las filmaciones, las mismas hubiesen significado el acceso de Huaco -en clave de ficción- al archivo fílmico nacional, y que dicha presencia, cincuenta años después, todavía seguía pendiente.

Como se observa, iba contestando a los ponchazos. Pero el tema del cine me dio la pauta de cual era la mayor “utilidad de Buenaventura Luna” de la que podían servirse aquellos adolescentes. Los invité a mirarse los unos a los otros, y a descubrir la semejanza entre ellos y sus ídolos del cine, la televisión y la música, rubios como Brad Pitt o blondas como Britney Spears, o sus émulos del firmamento local. No tardaron nada en “descubrir”, por decirlo así, que el parecido era nulo. A partir de ahí pudimos empezar a hablar de la diferencia entre colgar un póster en la pared o poner un espejo: el póster nos  obliga a una identificación que nos aleja de nosotros mismos, mientras que el espejo nos habla de quiénes vamos siendo cada día de nuestras vidas. Y ahí se entendió, me parece, la fortuna de contar con un Buenaventura Luna que les legó un espejo digno en el cual aprender a reconocerse para, siendo culturalmente tan ricos como son, no creerse menos que nadie. 
Por Carlos Semorile.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Los árboles, por Eusebio Dojorti


Hace un tiempo nos regalaron una foto del algarrobo que está al pie de la tumba de Buenaventura Luna en Huaco. Las imágenes habituales de este árbol nos lo muestran en su relación con la tierra gredosa, singularmente vinculado a la última morada de Eusebio Dojorti. Pero la toma del dibujante Cristian Mallea (de estirpe sanjuanina, hijo de un jachallero de la Punta del Agua), va en busca, son sus palabras, de “esa luz que no se encuentra por estos días en Buenos Aires”. “Esa luz”, como apunta Hebe Almeida de Gargiulo, permaneció siempre encendida en el espíritu del poeta huaqueño y a su entender merece un trabajo que estudie el modo en que, una y otra vez, aparece en la obra de Buenaventura. Todo ello nos lleva a releer unos versos de Dojorti/Luna, un poema en el que los árboles y la luz hacen su mestizaje de amor y vida.

Los árboles

¿Cómo nací? Lo ignoro. Tal vez gimiendo.
Desnudo y hambriento: menesteroso.
Cuando quise acordar, ya estaba viviendo;
y nunca pude saber si infortunado o venturoso.

¡Qué bien me acuerdo de aquellos años
de sorpresas y deslumbramientos! No me dolía
nada. Y fui feliz con engaños
que me forjé con retazos de sueño y fantasía.

Cierto. Todo me sorprendía
y encantaba. La luz,
(la luz fue mi alimento total y permanente)
se me fue mostrando en todo: en la polifonía
de los pájaros, en el canto del río,
en el canto del hombre
y hasta en el resplandor sagrado
de la cruz.

No me dolía nada… Y un día me dije:
“También la tierra es madre y hembra.
Tiene que ser dichoso el que la siembra”.
(Me lo dije a raíz de un dolor
y puesto que ya bien sabía
que si yo vivía
fue porque siempre me cuidó el amor).

El hombre sólo es enteramente libre cuando canta (por el gusto de cantar).

Mis árboles trabajan mientras duermo.

martes, 1 de mayo de 2012

El Cuento de la Avaricia, por Eusebio Dojorti


Publicamos hoy un cuento casi "inédito" (o, para mejor decir, casi deconocido) de Eusebio Dojorti. En el mismo aparece, con mucha claridad, la semántica del habla campesina. Su nombre es El cuento de la avaricia y, según leemos en unas hojas de la “Segunda Encuesta sobre el Habla Regional”, “fue publicado en ‘La Montaña’, diario sanjuanino de gran resonancia en su época, que dejó de publicarse en 1930”. Y agrega: “Fue su Director don Eusebio Dojorti (más conocido posteriormente como folklorólogo y filólogo bajo el pseudónimo de ‘Buenaventura Luna’), quien nos dice que las diferencias que pueden anotarse en cuanto a la traducción fonética del lenguaje popular responden a la realidad, acaso porque nuestros paisanos son muy cadenciosos al hablar. De tal modo dicen indistintamente ‘diya’ o día, ‘puehs’ (aspirando la s hasta convertirla casi en una h), o pues, ‘entuaviya’ o ‘entuavía’ o ‘tuaviya’ o ‘tuavía’, ‘pór´que’ (uniendo las dos palabras) o por qué, ‘eiba’ o iba, etc., etc., según las diversas combinaciones de los sonidos se acomoden a esa marcada tendencia hacia la musicalidad de la parla”

El cuento que tiene una suerte de explicación introductoria: “El cuento que sigue tiene una gran semejanza con la antigua fábula del Rey Midas. Es popular en toda la provincia, según parece, y lo refieren indistintamente hombres y mujeres del servicio en noches de cocina, después que han terminado las faenas ordinarias de ‘las casas grandes’. Su tema es el de la ambición. Pero como esa palabra tiene poca vigencia en las clases más humildes de la comarca, habría que denominarlo ‘El Cuento de la Ambicia o, más propiamente aún, ‘El Cuento de la Avaricia’. El narrador puede ser un viejo pastor analfabeto, hablando a un ruedo de rústicos de alpargata u ojota o ‘ushuta’, suerte de sandalia de cuero crudo”.

Leamos, entonces, El Cuento de la Avaricia:

Dicen que dicen que había en los tiempos de cuanta, un hombre muy pobre!..., que vivía con su mujer e hijos en un puesto de cabras de la sierra. Las hijas mujeres eran más que los hijos varones, que eran tres. Y como el hombre, ya medio vejancón, se iba hallando cada vez con menos juerzas pa´ mantenerlos a todos, un diya el shulco -que era el más inocente de los tres varones y que se condolía del sufrimiento de su taita ante la situación de la familia- resolvió pedirle a aquél la bendición pa´ dirse a rodar tierra:
-Deme la bendición, taita, que yo me haré hombre por esos mundos y volveré a ayudarle pa´ que se remedie nuestra familia…
El hombre anduvo cavilando unos diyas sobre la custión. Y no dejó de ver que el shulco era demasiado tiernito pa´ tamaño riesjo. Tampoco podía determinarse a que juera a rodar tierra el mayor de los varones, porque ese ya le ayudaba bastantito a liriar con los animales. De modo y manera que, tras de cavilarlo mucho con su mujer, resolvió darle la bendición al del medio, que tamién le había pediu licencia, sabedor de que el shulco ya había hecho lo mesmo. Y ansí jué cómo el del medio se ausentó una mañana del puesto, con las árganas llenesitas de bastimento que le habían apreparau la madre y las hermanas.    
Caminó un diya, caminó dos y caminó tres…, hasta por ahi se topó con viejo muy viejo, pero muy viejo y muy hilachiento y muy calchudo el pobre!..., que le pidió por caridar que le ayudara con algo si es que algo llevaba… El del medio, que nu´era del mal corazón, buscó una sombrita pa´ partir con el viejito lo poco que le quedaba en las árganas del bastimento. Y cuando hubieron acabado de comerse las pobrezas del del medio, antes de despedirse el viejito le dijo:
-Comu´es sabido en estas tierras, amor con amor se paga y tonada con tonada… Vos mi´hais dau de tu comidaa y yo te quiero corresponder la güena goluntá… Pedime la gracia que vos querás, que yo desde ya te la doy por concedida…, puesto que par´eso tengo poder y facultá de sobra…
El del medio -que nu´era muy creyente ni tampoco muy encrédulo- pensó un ratito. Y comu´era muy goloso, sobre todo pa´ comer qieso, agarra y le contesta al viejito:
-Güeno… y supuesto que usté puede, yo quiero que cada vez que me meta la mano  a los bolsicos me encuentre con un pedazo de qieso y otro de otro…
-Concediu en el apto! -le dijo el viejito (que nu´era otro que Dios Nuestro Señor) y dándolé las güenas tardes al del medio, cad´uno siguió por su camino…
(Inteligente y hábil, el narrador calla largamente. Soba una chal de maíz ‘pishingallo’ hasta dejarla suavecita y por fin arma un cigarrillo de tabaco de picadura. Todos guardan silencio, que sólo se atreve a interrumpir, a media voz y profundamente reflexiva, una de las mujeres ‘más mayores’ del concurso:)
-Ansí que al del medio le vino a salir al camino nada menos que Dios Nuestro Señor!... Y después, qué pasó, don…?
-Y… nada, pueh… Que el del medio -que nu´era muy aventajau del sentiu, sino masanteh zonzito y abriboca- no se golvio a´cordar ni del viejito ni de la gracia que lí´habiy´hecho, hasta que no le golvió a bajar el hambre por el camino…
-Ah ha!... Y después? Siga contando…
-… Se mete la mano al bolsico y si´halla una güena troncha´e qieso. Ya más apurau, se mete la otra mano al otro bolsico´el saco y si´halla un lindo pedazo´e torta, cuasi calentita entuaviya…
-Ah ah ah ha! -comenta alguno con cierta risa nerviosa-. Y luego:
-De modo que no le fracasó el hombre en lo que  le habiya prometiu…?
A lo que una de las mujerucas, casi fastidiada:
-Y cómo le podiya mentir, niño!… U no vihs que el hombre era Dios?
-La cosa es que el del medio llegó a un pueblo desconociu… Y jué ahi ande dentró a cavilar, a la moda de los que curan de palabra, que esa de sacar qieso y torta cada vez que metiya la mano al bolsico teniya que ser una virtú que le habiya mandau Dios pa´ sustentarlo a él solito…; y que sin le comunicaba a otro la virtú, él la podiya perder, como les pasa a los curanderos…
-Y ansí no mahs podería haber siu…, digo yo…
-Después, se le vino a la cabeza la ideya de que si le llegaba a hacer parte del qieso y de la torta que él sacaba cada vez que teniya hambre, bien pudiera ser que tamién perdiera la virtú… Y jué ahi ande se le vinu´a ocurrir que lo mejor que podiya hacer era golverse pa´ las casas… Y se golvió no mahs…; y cada vez que me lu´apretaba el hambre por el camino, metiya la mano al bolsico y sacaba qué comer…
-Qué lindo pa´ un pobre, no…?
-Pero cuando ya veniya llegando de güelta pal puesto´e su taiita, otra ideaya se le vino a la cabeza…; y era que tampoco les debía decir nada de su virtú, por el miedo a perderla, a ninguno de los de su familia. Llegó, puehs. Y cuando los padres le preguntaron por cómo le habiya eido por esos mundos, el del medio, haciéndose el zonzo, les contestó que más bien mal que bien… Y era l´angurria del qieso y de la torta no mahs la que lu´aconsejaba mal! Porque jué inútil que los viese a los hermanos muchas veces con hambre: al del medio no se li´ablandaba el corazón…
-Y no les daba ni un pedacito´e torta siquiera?
-No les daba nada, no les digo…? Y jué engordando y engordando más que un chancho, hasta que un güen diya vino a quisquirse del estantito y se murió atorozonau al tiro…, que nu´hubo médica ni douptor que lo desempacharan.
-Bien mereciu, por angurriento y mal hermano!... -comenta alguna chinitilla, mudándole la cebadura al mate.
(Como si el relato hubiese terminado, calla nuevamente el narrador. Pero él sabe que reina una expectativa vibrante en el silencio y la penumbra. Alguien, sin embargo, se mueve perezosamente para atizar el fogón, momento que aprovecha el narrador para proponer:)
-Sigo contando… u tienen ganas d´irse a dormir?
-Siga contando, ño Bailón, que la noche es larga…
-Cuando en El Puesto ya se iban olvidando del del medio -que ya era finau- el shulco ensistió ante su taita pa´ que le diera permisio pa´ dirse a rodar tierra. Y como la familia seguía pereciendo en la pobreza, el hombre le dio no mahs su bendición, pensando que tal vez el shulco sería mahs afortunau…
Lo mesmo que el del medio, se jué, puehs, el shulco con las árganas colmaditas de bastimento. Y lo mesmo que la pasó al del medio, vino a toparse en el camino con aquel viejito hilachudo y calchiciento, que nu´era era que el Padre Eterno. Se sombrearon y comieron juntos a la orilla´el camino y tuvieron las mesmas razones que el viejito habiya teniu con el del medio. De esas resultas…, cada vez que el shulco se metiya la mano al bolsico… si´hallaba un diez.
-Oh oh ho!...
-Anduvo un tiempito por unos pueblos bolsiquiándose, sacando dieces todas las veces que él quería y comiendo de cuanta embelequería se li´antojaba… Por ahi se cansó de andar de vicio… y se determinó a volverse él tamién pa´ las casas. Cuando al fin llegó, en El Puesto faltaba di´un todo, porque ese año jué de seca y las cabras no daban leche ní pa´ tomar con el mote, cuanti menos pa´ hacer quesillos… que saben ser tan sabrosos…
-Puehs!... Y con arrope di´uva…?
-Como les iba contando, en las casas faltaba di´un todo… Pero el shulco era mahs güeno que el del medio y tamién mahs enteligente de la cabeza…; y no quiso empliar pa´ él solo la virtú desacar un diez cada vez… Ansí que cuando su mama se lamentaba de no tener yerba pal mate, el shulco mermuraba medio por lo bajo:
-Yo gua ver, mama, si tengo pa´ darle… -Se metiya la mano al bolsico y sacaba los diez… Lo mesmo cuando su taita no teniya pal tabaco u alguna de las hermanas echaba de menos la pimienta u el orégano pa´ hacer algún machacau u algún caldillo valdiviano siquiera…
-Ansí que cada vez que les haciya falta algún menester di´alguna cosa, se bolsiquiaba y ya sacaba los diez ahi no mahs? 
-Cabalmente… Y los padres y las hermanas se admiraban de la suerte del shulco…
-Y pór´que no se metiya la mano, u las dos, bien seguidito a los bolsicos y los haciya ricos a todos di´una güena vez, poh?
-Y… juería por moderau, sindudamente…; porque tal vez advertiría que podería perder la virtú si es que se demostraba avaricioso en demasiya… 
-Y el más mayor de los tres, tamién le pedía dieces al shulco?
-Fetivamente…, tamién lograba, pero sin dejar de pensar que el shulco era un zonzo sin advertencia ni conocimiento, que puesto que tenía esa suerte o virtú bien podiya darse el gusto de vivir como un Rey si se le daba la gana… Tamién pensaba el más mayor que el shulco había güelto de rodar tierra con esa virtú; y que, puesto que él era más mayor, bien le podería tocar una virtú con más poder que la del shulco, en el caso de qu´él se botara tamién a rodar tierra… Y por eso se determinó no mahs y yendo con las árganas todo, todo! le vino a pasar por el camino como les había pasau al del medio y al shulco…
-Y tamién a él le salió Dios Nuestro Señor?
-Claro, puehs!...  Y cuando Dios -que se haciya pasar por un viejito cualquiera pa´ no darse a conocer- le dijo que le pidiera la gracia o mercé que quisiera, que él se la podería conceder, el más mayor -qu´era avaricioso ya por demás- le pidió que de ahi pa´adelante queriya que todo lo que él tocara se volviera, de enmediato, en oro…
-Eh, bárbaro!... Y Dios le concedió ese don tan grande?
-Nuestro Señor Dios concede todo lo que promete y su palabra no puede faltar… Pero veian Uds. lo que le vino a pasar al mahs mayor: después que se deshapartó del viejito alzó una piedra del camino y de inmediato vido que la piedra se habiya convertihue en oro… Golvió a´lzar otra y ésa tamién se le golvió di´oro… Casi loco di´alegriya, gritaba solo en el campo que él iba a ser el hombre mahs rico de todito el mundo entero. Pero cuando mahs tarde, ya con el sol bajo, sintió hambre, metió las manos a las árganas pa´ sacar un pedacito di´arrillau de chancho que le quedaba, vido que las árganas se le volvían di´oro lo mesmo que el arrollau que pensaba comerse…
-Fiero el caso pal hombre…
-Y más fiero entuaviya se l´hizo después… Pero, aguardate un trechito. Al principio no se deshesperó mucho, que supuesto que él podía tener todita la fortuna que quisiera, bien podiya hallar quien le diera de comer en la boca. Y ansí como lo pensó lu´hizo. Al primero que topó por el camino le dijo:
-Si yo le diera a úste estas árganas di´oro, úste me daría algo de lo que lleva pa´ comer?
-Aunque no me diera ranto, señor -respondió el otro, qu´era un pobre-, yo le haré parte de mi bastimento, porque gracias a Dios mahsantehs me suebra que me falta…
-Sí, pero tiene que ser con la condición de que a la comida me la tiene que dar úste mesmo en la boca, porque yo no puedo valerme…
-Eso no li´hace… Qué quiere comer? Aquí llevo una gallina fiambre. Primero apruebe di´aquí del lau de la paleta…
Pero apenas el hombre le arrimó la presa al mahs mayor -que estaba con la boca abierta, aprepau pa´ morder con ganas-, en cuantito la presa li´alcanzó a tocar los labios, se volvió di´oro y mahs dura qui´un pedernal…
-Bah!... Y entoh…?
-El mahs mayor no pudo sujetar un grito y salió disparando como loco por el campo… Ya sabiya él que todito lo que su persona tocara se l´eiba a golver di´oro y que no teniua mahs remedio que morirse di´hambre… Y ansí dicen que jué.
-Lo condenó la ambicia y Dios Nuestro Señor lo castigó.
(Esto dijo las más vieja del ruedo. Luego bostezó despreocupada y largamente, como invitándolos a todos a irse a dormir).

domingo, 29 de abril de 2012

Semblanza de Ricardo Dojorti, el lector que reclamó “un acto de alta justicia” (Parte 3)


Pero volvamos a Ricardo Dojorti y al retrato que de él hiciera Juan Rómulo Fernández “antes de que llegase a ver minadas sus acciones políticas y sociales, y presintiera, pues, que su trabajo iba a resultar estéril”. “Tenía interés en tratar a esta persona porque me habían dicho que era la platita labrada de Huaco, queriendo con ello señalar al hombre más civilizado del lugar. Hablé con él a la luz de la luna. Su casa tenía el aspecto de cualquier antigua casona de campo; y así su esposa, que era una magnolia, resultaba un regalo ofrecido en vulgar cacharro. De la conversación con Ricardo pude sacar en limpio que este mocetón era un espíritu que iluminaba una torre de marfil (…) Cuando no andaba arando la tierra, sembrando o trillando, estaba en la casa con un viejo librote en la mano, y tan abstraído en remotos mundos que no sentía ni cuando iban a avisarle que la mesa estaba puesta” (1). 

Esta semblanza de Ricardo Dojorti es la de un tremendo lector, con un interés manifiesto por la filosofía política. Y nosotros queremos señalar que la lectura no es un acto inocente, ni está exenta de riesgos. Don Ricardo Dojorti supo leer en los libros, y también en la realidad. Gracias a ello, pudo escribir a favor de su pueblo y con evidente amor por su tierra y por su gente.

Para finalizar, apuntemos que, como contaba su hija Marina Dojorti, “don Ricardo Arístides, también sabía tocar y cantar, pero era para él nomás” (2). Y que además se le animaba a la poesía:

Padre: en las recias luchas de la vida,
cuando mi pobre voluntad flaquea,
¿Quién sino tú me alienta en la caída?
¿Quién, sino tú, me ayuda en la pelea?

Todo es mentira y falsedad y dolo,
todo en la sombra por la espalda hiere;
sólo tu amor ¡oh, padre! tu amor sólo
no tiene engaño, ni doblez, ni muere. (3)

En su evocación de Eusebio Dojorti del Mazo, el poema no refiere a ninguna situación específica, pero nada cuesta imaginar que la amargura que traslucen las palabras de Ricardo Dojorti está vinculada a sus luchas por llevar el ferrocarril a Jáchal.

Sin embargo, no todas fueron tristezas. Juan Rómulo Fernández, maravillado ante la singular dicha de los huaqueños, lo consulta a don Ricardo: “¿Y aquí todos son felices?, pregunté a Dojorti. Y él me respondió: Trillan con yeguas y no tienen vencimientos en los bancos” (4).

Recordémoslo así, como un hombre instalado entre la felicidad, los libros y el amor.


Por Carlos Semorile.

Notas:

1. En Huaco, hondonada de piedra, ob. cit.
2. “Marina Rosalba Dojorti, evoca a Don Buenaventura Luna”, artículo de Juan Romero publicado en el Diario de Cuyo del domingo 13 de marzo de 1996.
3. “A mi padre” (fragmento), poema recopilado por Hebe Almeida de Gargiulo y José Casas en Desde todos los rumbos de la estrella, Textos inéditos de Buenaventura Luna (Universidad Nacional de San Juan, 2006).
4. En Huaco, hondonada de piedra, ob. cit. 

Semblanza de Ricardo Dojorti, el lector que reclamó “un acto de alta justicia” (Parte 2)


Como Intendente de Jáchal, Ricardo Dojorti presidió la Comisión Pro-Ferrocarril a Jáchal que buscabe se concretase "el proyecto de una línea San Juan-Salta", cuyo "primer tramo era San Juan-Jáchal". “Esta línea iría en sentido vertical a través de la precordillera y sierras pampeanas, uniendo el norte argentino e integrándolo” (1). Hacia mediados de 1910, las obras todavía no habían comenzado, y Ricardo inicia una campaña ante las máximas autoridades de la república para que el proyecto se concrete, y toda la región pueda -también ella, como antes Mendoza y San Juan- conocer, como decía Scalabrini, la “liberación de la distancia, del alejamiento, de la pobreza”.

Desde la presidencia de la Comisión, Ricardo lidera los reclamos de los jachalleros como fiel representante de toda una comunidad. Incansable, les escribe a distintos miembros del parlamento y a ministros del ejecutivo nacional, e inclusive le hace llegar un urgido petitorio al entonces presidente José Figueroa Alcorta, para que se inicien cuanto antes las obras prometidas por una ley de 1886. Allí puede leerse que aquella línea férrea era una necesidad “hondamente sentida por los habitantes de este pueblo aislado de todos los centros de población y de comercio del país, sin una sola vía de transporte que facilite en forma rápida y barata el intercambio de sus productos, razón que le coloca en situación desventajosa para el desarrollo de sus industrias, dificultando su expansión y vida económica”

La situación no puede ser más dramática porque Jáchal se despuebla, “y sus hijos cansados de una lucha estéril y sin compensaciones, abandonan sus hogares buscando horizontes más vastos para desarrollar sus actividades y energías. Años atrás, estas regiones comerciaban directamente con la República de Chile y con la Provincia de la Rioja y tuvieron debido a ello épocas de verdadera y notable prosperidad. La suspensión del intercambio con Chile y la expansión de las líneas férreas de La Rioja le hizo perder sus mejores y principales mercados y de ahí data su decadencia progresiva hasta el presente”. El petitorio remarca el daño que le causan a Jáchal esas otras líneas del ferrocarril, pues llevan mercaderías baratas a plazas donde antes los jachalleros podían colocar sus productos. Peor aún: el escrito denuncia el modo en que el precio del flete, al distorsionar el valor de las mercancías, los dejaba afuera de toda competencia. De tal suerte, si como argentinos no podían menos que festejar “los progresos y las conquistas de nuestra patria”, por otro lado no podían dejar de señalar que “Jáchal fatalmente en lo sucesivo está condenada a producir lo estrictamente necesario para su consumo local”.

”Si como lo solicitamos y esperamos (…) la construcción del Ferrocarril de San Juan a Jáchal se inicia brevemente, tendremos mientras dicha obra se concluya, años de dura prueba que serán soportables convencidos del triunfo del mañana que alienta y conforta, pero si por desgracia aquella obra no se inicia a la brevedad y con la rapidez que las circunstancias exigen, la miseria y la ruina visitarán muchos hogares jachalleros y la gran mayoría de sus habitantes tendrán que abandonar a aquellos convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos y sacrificios” (2).

El petitorio lleva las firmas de más de 2650 vecinos, y Ricardo Doiorti le “recuerda” a Figueroa Alcorta lo significativo de esa cifra que representa “aproximadamente el 20% de la población del departamento” (3). Poco tiempo después, Ricardo se dirige a los presidentes de ambas cámaras del Congreso, y a los representantes de San Juan y La Rioja. Luego le escribe a Roque Sáenz Peña, y nuevamente al presidente Alcorta, para que escuche “la débil voz que se levanta de este rincón apartado de la república solicitando la sanción de una obra que significa un acto de alta justicia”.

En 1911 la Cámara de Diputados de la Nación incluye una partida en el presupuesto de ese año para comenzar los trabajos de construcción del ferrocarril a Jáchal. En la Villa se organiza una celebración que Ricardo, entusiasmado, le refiere a Sáenz Peña en un telegrama: “Domingo realizóse grandioso mítin exteriorizándose sentimientos de gratitud, de alegría… espero cumpla promesa de apoyar con su influencia ante el Senado para que confirme decisión de la Cámara de Diputados". Pero la obra se demoraba. “La construcción recién se inició en el año 1921. Se terminó después de 10 años. Desde 1886 en que se dictó la primera ley ordenando su trazado hasta su inauguración en 1931, habían transcurrido 45 años (…) Pero el ‘leader’ del ferrocarril, que así lo llamaron a don Ricardo Dojorti, no pudo ver la obra. La muerte lo sorprendió luchando (4). Un ejemplo de tenacidad; vigorosa, casi obsesionante lucha por un ideal” (5).

Desmedido tiempo también para Jáchal que esperó desde 1886 hasta 1931 para tener ferrocarril: “Esos 45 años fueron demasiados. Fue el proyecto más largo del siglo XX en la región. Cuando finalmente el ferrocarril llegó, era irremediablemente tarde para Jáchal. Además no sería parte de una red, sino terminal, casi vía muerta (…)  Aislado durante los años sin ferrocarril y luego, cuando éste llegó, quedó igualmente aislado y condenado a su caída. El ferrocarril llevó mercaderías baratas y Jáchal ya no tenía qué exportar, ni condiciones competitivas con los productores del Litoral” (6). ¿Y qué sería lo peor? ¿Este “decaimiento” económico o el escepticismo, el abatimiento y la depresión que lo acompañaban como su propia sombra? Busquemos la respuesta en quien mejor estudió este problema, Raúl Scalabrini Ortiz:  

“El porteño común y el intelectual sin conexión con los hombres emprendedores del país, ignoran todo lo que el habitante del interior y el hombre de empresa han aprendido a su propia costa; que los ferrocarriles ingleses proceden desalmadamente y sin contralor a la búsqueda de su ganancia y a la extirpación y sofocamiento de toda acción o iniciativa que pueda significar una manumisión, un enriquecimiento o un enaltecimiento del pueblo argentino. Dondequiera que se examine surge una voz de auxilio, una censura. Los archivos de las Cámaras están llenos de notas y comunicados. Algunas fueron recogidas por las comisiones especiales; otras se perdieron en vano, sin alcanzar siquiera el pequeño triunfo de ser publicadas. Son notas de productores, de industriales o simples volantes en que la desesperación del productor argentino se lanza al viento, como una semilla o como una idea” (7).

Son escritos, en suma, como los de Ricardo Dojorti en cuya pluma vibran las apelaciones que buscan conmover a sus interlocutores, y entonces les habla de “los sagrados intereses, y de los santos y legítimos anhelos de este pueblo laborioso”, y “en nombre de este pedazo de suelo argentino” les ruega “la sanción de una obra que significa un acto de alta justicia”. Por no hablar, simplemente, del petitorio que buena parte de Jáchal le dirige nada menos que al Presidente. Y si las notas eran estériles, qué importancia tendrían las poblaciones: “Los pueblos estaban alejados de los centros ejecutivos de la Nación. El clamor de los pueblos no llegaba a los oídos, siempre torpes para el país, de los dirigentes urbanos. Los pueblos quedaron allá, detrás de muchas leguas, avasallados y pauperizados por los tentáculos extenuadores del monopolio ferroviario inglés. Los pueblos, allá, solitarios, humildes, acorralados entre la montaña y el ferrocarril extranjero”. Por esta razón, las palabras de Ricardo Dojorti eran las de todos los jachalleros cuando escribía que decaía su espíritu y temía que su optimismo se trocase “en el más cruel y amargo escepticismo, minando para siempre mi acción de ciudadano”. Sólo hay que detenerse a pensar que en 1911 ese pueblo, creyendo que comenzaban las obras del ferrocarril, salió en festejar jubilosamente sin percibir que lo esperaba el desengaño de quedar “acorralados entre la montaña y el ferrocarril extranjero”. Mil novecientos once, últimos gobiernos de la oligarquía y una pregunta que la historia se encargaría de resolver: “¿Qué puede esperarse de los que han sembrado la disolución y el desaliento en el alma argentina?" (8).

Por Carlos Semorile.

Notas:
1. José Casas, Molino de agua, molinar de piedra. Historia económica y cultural de los molinos de Jáchal, Universidad Nacional de San Juan, 2004.
2. José Casas, Jáchal, piedra acarreada. Documentos para su historia, Edición digital de la Universidad Nacional de San Juan, 2008.  
3. José Casas, Molino de agua, molinar de piedra, ob. cit.
4. Don Ricardo Dojorti falleció el 25 de enero de 1925.
5. “Don Ricardo Dojorti, gestor de la llegada del Ferrocarril a Jáchal”, artículo de Dante Tejada.
6. José Casas, Molino de agua, molinar de piedra, ob. cit.
7. Raúl Scalabrini Ortiz, Política británica en el Río de la Plata. Obras Completas, Tomo III, Editorial Fundación Ross, Rosario, 2008.
8. Raúl Scalabrini Ortiz, Historia de los ferrocarriles argentinos., Obras Completas, Tomo IV, Editorial Fundación Ross, Rosario, 2008.

Semblanza de Ricardo Dojorti, el lector que reclamó “un acto de alta justicia” (Parte 1)

Cuando el próximo 25 de junio Huaco celebre un nuevo aniversario, ya estará definido el nombre con el que se bautice el hospital del pueblo. Uno de los nombres en danza es el de Ricardo Dojorti, y este escrito nace -a instancias del amigo José Casas- para fundamentar las razones de la pertinencia de esa, llamémosla así, “candidatura”.

Huaco es una muy bella hondonada donde la memoria se empecina como huella identitaria y amorosa. Por eso recordamos la obra de uno de los hijos dilectos de este pueblo, don Ricardo Arístides Dojorti. El padre de Eusebio Dojorti (el futuro Buenaventura Luna), fue el primer intendente de Jáchal, y desde ese lugar -entendiéndolo cabalmente como un servicio- fue el tenaz artífice de un destino de progreso que no pudo ser por los motivos que aquí explicaremos. Pero además de hablar de su lucha, dejaremos constancia de otras virtudes suyas que hacen que su nombre merezca permanecer entre nosotros.

El historiador y periodista Juan Rómulo Fernández, quien lo trató aquí, nos cuenta de su temprano paso por Buenos Aires, ciudad en la que se luce y la cual le deja un modo porteño de pronunciar la ‘ll’ y la ‘y’. “Pero él dejó los oropeles de la resonante urbe y tornó al silencio de Huaco”.

“Sabía Ricardo, al salvar el recodo de sus treinta abriles, de Rousseau, de Tocqueville, de Alberdi -creo yo- lo que no todos saben en una facultad universitaria (…) Difícil entender por qué este hombre no está en el parlamento o en un ministerio; y es sin duda -pensaba luego-, que en los parlamentos y en los ministerios están los oropeles, mientras que aquí, en el campo, no están todo los que son” (1).

La explicación que Fernández no encuentra, es sencilla: en la metrópoli semicolonial, vanamente identificada con el refinamiento europeo, no había espacio para una inteligencia argentina aplicada a los problemas argentinos. Es muy sugestivo que en la figura de Ricardo Dojorti pueda leerse tanto la debacle de la economía de Jáchal como la pelea que los jachalleros dieron para que el trazado de la vía férrea los incorporase al flujo comercial que históricamente habían mantenido con otras regiones. Casado con Urbelina Roco, el matrimonio recibe en herencia las tierras que pertenecieron al matrimonio Dojorti-Suárez, y también el histórico Molino de Piedra que doña Josefa Delfina Suárez Tello, La Patroncita, hiciera reparar y pusiera a producir. De modo que Ricardo está históricamente vinculado a una industria molinera que conoció un período próspero dentro de la economía jachallera, y durante la cual Huaco llegó a ser considerado “el granero de Jáchal”. Época, entonces, en la que don Ricardo está al frente de esta unidad productiva en la que se complementan sus tierras y el molino. Pero Huaco y Jáchal, bien lo sabemos, llegarían a padecer un destino adverso:

“El fin de la economía de tráfico de ganado en pie, se debió al decaimiento de la actividad minera en el Norte Chico chileno, al desarrollo de la Pampa Húmeda como región fundamental del país a través del auge de la ganadería y de la industria harinera; todo ello selló la suerte de las economías del interior del país, en particular, la economía jachallera y así comenzó su decadencia hacia principios del siglo XX. Huaco, junto con Jáchal, comenzó a languidecer” (2).

Lo que “deprime” a estas economías es la asfixia a la que las somete un modelo exclusivamente orientado “hacia fuera”. Pero las llaves que regulan aquellas posibilidades de desarrollo y bienestar están en manos del ferrocarril. Don Ricardo va a apostar a ese “germen de una genuina fraternidad argentina construida a base de apoyo y comprensión mutuas” -como lo definía Raúl Scalabrini Ortiz-, pero los ferrocarriles ingleses y los “hombres argentinos que dirigían los destinos del pueblo argentino” se van a encargar de desengañarlo.

Por Carlos Semorile.

Notas:
1. El relato de Juan Rómulo Fernández fue publicado en su libro Serranías, de 1930, y de allí lo toman José Casas y Dante Tejada para Huaco, hondonada de piedra (Escuela Agrotécnica Huaco, San Juan, 2002). .
2. José Casas y Dante Tejada, Huaco, hondonada de piedra, ob. cit.