El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Ofertorios de los Pobres, por Buenaventura Luna



Ofertorios de los Pobres

Por Buenaventura Luna




De patay -güen alimento-
y de algarroba tamién,
en Jáchal cargué el jumento
pa´ mi Niño de Belén.

De Angaco vengo al galope,
porque allí mi amor halló
un cantarito de arrope
que le traigo al Niño Dios.

De Valle Fértill -edén
de humildes cosas benditas-
traigo esta yunta ´e cabritas
para el Niño de Belén.

Yo traigo desde Media Agua
un costal de trigo arroz.
Haganlé “guanaco” y “guagua”
de güen pan al Niño Dios.

Yo soy muy pobre, Niñito.
Muy pobre, pero de tino,
y te traigo este gallito
que le sobraba al vecino...

Yo soy marucho de tropa
-naides más pobre que yo-,
pero le traigo esta ropa
pa´ abrigarlo al Niño Dios.

Para un niño que no llora
y tiene la boca pura,
traigo esta cesta ´e totora
llena de fruta madura.

Yo soy de La Majadita,
soy pastorcillo tamién;
y le traigo esta ovejita
a mi Niño de Belén.

Le traigo al Niñito puro
con todo mi sentimiento,
este membrillo maduro
de mis pagos de Sarmiento.

De la tierrita ullunera,
de la que soy oriundo,
yo le traigo al Rey del Mundo
muchas uvas... y una pera.

Y yo te traigo, changuito,
de Veinticinco de Maio
este melón chuñusquito
(no vas a crer que es zapaio).

Tan sólo este manso güey
le traje de Trinidad,
en ofrenda al Niño Rey
del amor y la bondad.

Y yo te ofrezco estas brevas
fresquitas del Albardón,
a ti, que contigo llevas
mi vida en tu corazón.

Desnudo el pecho moreno,
con la alegría más honda,
yo le oferto al Niño Bueno
estas granadas de Zonda.

Le traigo al Niño Jesús
(pa´ que lo voy a negar)
el burro que el andaluz
busca y busca sin hallar.

Yo soy de Desamparados
y le traigo al Niño Dios
estos racimos dorados
que un noble sol maduró.

Del fondo de Calingasta
-tierra de amor y de luz-,
traigo un torito del asta
para al Niñito Jesús.

Y yo, de La Iglesia vengo
trayendoté, criaturita,
esta mansa vicuñita
que es lo único que tengo.

Vos me vais a perdonar
(que pa´algo sos divino),
pero hi teniu que robar
pa´ trairte este litro ´e vino.

Rosas de nieve y armiño
y este clavel reventón,
para ofertarlos al Niño
los traje de Concepción.

Niñito Dios, que te nimbas
de luz de amor y piedad,
te traigo desde Las Chimbas
los frutos de mi heredad.

De allá del Rincón Cercau
(yo tampoco sé mentir),
estos quesos hi robau,
por no dejar de venir.

Yo soy del Quinto Cuartel
y soy muy pobre, Niñito,
pero te traigo esta miel
y estas nueces del Pocito.

Una estrella esplendorosa
a mi me sirvió de guía
y al Niño ofrezco esta rosa
nacida en Santa Lucía.

No te me vais a enojar,
Niñito Dios de mi vida,
si me perturbo al hablar
porque soy de La Bebida.

Niñito divino y güeno:
sin gastarme en tanta labia,
que da risa y hasta rabia,
te traigo panes morenos
que hace un año, por lo menos,
horniaron en Rivadavia.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El Negro Horacio Fontova, con la Orquesta Nacional Juan de Dios Filiberto, y la "Zamba de la toldería"

Nada más que “un pelín extraviados”?



El pasado sábado 12 de octubre, se desarrolló la mesa debate “El nuevo cancionero, historia y vigencia -Su influencia en los músicos argentinos y latinoamericanos-”, en el marco del 9º Encuentro de Músicas de Provincias que se desarrolla en el Espacio Cultural Nuestros Hijos. Un público entusiasta colmó la sala para escuchar las reflexiones de Teresa Parodi, Gloriana Tejada, Fabián Matus y Patricio Féminis. El debate estuvo moderado por Pedro Patzer, quien rescató el gesto jauretcheano del Manifiesto del Nuevo Cancionero de dar vuelta el mapa, poniendo al  Sur  como Norte para mirar el mundo desde acá. Ello no fue casualidad. Gloriana Tejada señaló que el Manifiesto fue algo muy trabajado, muy madurado. Remarcó, además, un hecho trascendente: en muchos países de la región se venían gestando movimientos de la nueva canción, pero sin alcanzar una elaboración acabada, y fue el Manifiesto el que puso en palabras esa necesidad de los jóvenes de aquellos años. Más importante aún: no sólo los identificó alrededor de una proclama –por decirlo de algún modo-, sino que los interpeló como un colectivo.

Fabián Matus recogió esta idea, y llamó a los músicos presentes a ser “movimientistas”. Bajando estatuas de sus pedestales inmovilizantes, Matus pidió que se pensara que los firmantes del Manifiesto son nuestros contemporáneos y que, si no fuera porque la pésima alimentación y mala salud se los llevó antes de tiempo, “perfectamente podrían estar sentados entre nosotros”. “No son próceres –dijo- sino gente común que un día decidieron llevar a cabo su proyecto”. También Teresa Parodi instó a “arremangarse y laburar”, aprovechando las nuevas conquistas como el Instituto Nacional de la Música. En este sentido, habló del plan premeditado para asestarle un golpe formidable a nuestra cultura y para que nos pase todo lo terrible que nos pasó, y se pierdan –como de hecho se perdieron- generaciones. Trazó un paralelismo con la novela Fahrenheit 451, en la que cada uno de los resistentes se aprendía un libro para impedir su pérdida y su olvido, y pidió que cada músico aprenda y difunda un puñado de canciones del maravilloso repertorio de la música argentina. Para Parodi, el Nuevo Cancionero pedía que se hiciera exactamente este mismo rescate, y por eso el Manifiesto sigue siendo nuevo, sigue estando adelante.

En la misma línea se manifestó Patricio Féminis, quien sostuvo que el Nuevo Cancionero está naciendo permanentemente porque vuelve a surgir con cada nuevo intérprete que hace su aporte. Pero también alertó sobre la necesidad de que sea de conocimiento masivo, y con raigambre popular, para no quedar reducido a una élite de entendidos. Matus coincidió con esta idea de que el Nuevo Cancionero se hace día a día pero, sin medias tintas, dijo que “andamos un pelín extraviados” en lo que a poética se refiere. Y le apuntó a la autorreferencialidad, porque hay un regodeo en las cuitas singulares, y se ha dejado de hablar de lo que nos pasa como comunidad.

Desde el público, apareció –una y otra vez- la necesidad de contar con un Manifiesto actualizado que tenga tanto la claridad de mapear la realidad musical argentina del presente, así como la capacidad de marcar rumbos. Y al mismo tiempo se mencionaron, desde la mesa y desde la platea, una buena cantidad de nombres de referentes que deberían ser incluidos allí. De alguna manera, toda esta inquietud gira alrededor del futuro de la música popular, y de las acechanzas y zancadillas que le hacen tanto “el mercado” como las formas empobrecidas –y empobrecedoras- de la canción. A juicio de quien esto escribe, es una pena que nadie haya recordado a Buenaventura Luna, cuyo nombre sí fue rescatado por el Manifiesto del Nuevo Cancionero. Si no fuera un olvidado, cree este cronista, acaso alguien lo habría citado en beneficio de todos para pensar, junto con él, que “una forma de civilización puede derrumbarse, y se derrumba; pero la cultura no: a la larga, el hombre siente la necesidad de buscarse en sus cantares y en sus coplas”.

Por Carlos Semorile.

Una patria más suave y dulce



Cada mañana, al filo de las once y cinco, sopla una brisa distinta en el aire de la amplitud modulada de Radio Nacional. Se trata del espacio que Adalberto Flores ha conquistado a fuerza de tangos, milongas, valsecitos y también algunos ritmos criollos de nuestro folklore. Pero esta es sólo una parte del cuento, pues don Adalberto se ha metido en el corazón de los oyentes, quienes esperamos sus palabras tanto como sus discos. Suele llegar al estudio fatigado y mal comido, pero aún así afloran sus formidables reservas de ternura cada vez que presenta un tema. La voz se le enciende mientras instruye al público sobre un tanguito olvidado y sus “circunstancias”: la orquesta y el cantor, el año en que fue grabado, los nombres del autor y el compositor, alguna anécdota de su rica historia, etcétera. Cuando la presentación concluye, adviene un instante conmovedor cuando Adalberto se esfuerza por indicarle la “entrada” al joven operador, y pega el grito: “Dale, pibe!!!”

Mientras la canción gira, los radioescuchas comienzan a dejarle al amigo Flores mensajes de gratitud junto con urgidos pedidos de que pase tal o cual tema de su preferencia. Y de ser posible -agregan- que sea la versión de fulanito o menganita. Es notable: para que todos estos reclamos pudiesen ser atendidos, sería necesario ocupar varias horas de programación. Sin embargo, al regresar de la música, el viejo Adalberto se dedica a rescatar alguna frase del tema escuchado y a reflexionar en torno a ella. Los asuntos de su discurso apasionado son universales (el amor, el desamor, la muerte, el coraje, la pasión), pero su tono emotivo es eminentemente argentino. Acaso suene candoroso, pero Adalberto Flores se parece a la música que elige y representa, y su filosofía de barrio nos acerca siempre a la orilla más amorosa de la vida: la que propone la caricia a tiempo, el abrazo hermano y la palabra justa como un modo sencillo de la dicha.

El fenómeno de Adalberto me ha hecho pensar, más de una vez, en una crónica que Juan Agustín García escribió en los tiempos en que la música criolla -sin discriminar- se daba cita en los centros tradicionalistas de inicios del Siglo XX: “He recorrido con bondad y paciencia lo que se siente en esos centros populares. El espectáculo es interesante. Se encuentran emociones muy intensas y bien traducidas en un verso armonioso, español, pero muy argentino: con mucho sabor local (…) La guitarra es, en todos estos cantos, el símbolo de la patria; de una patria más suave y dulce, que no viene rodeada de banderas y músicas de clarines”. La figura que logra el autor de La Ciudad indiana, es de una belleza singular: “una patria más suave y dulce”.

Ha pasado más de un siglo, y ese país de las canciones criollas sigue refugiado en determinados rincones, en algunas memorias. Cuando Adalberto anuncia un vals, ese hilito de voz quebrada tan característicamente suya nos habla de la fragilidad en la que sostiene una literatura musical exquisita. Y cuando cuenta que su última ingesta fue una feta de salame que comió hace dos días, su hambre se parece al de sus tantísimos oyentes que andan penando a la espera de una música que saben que existe pero los medios no se la ofrecen. Intuyen que, sin esas canciones, se pierde también una filosofía propia, un modo de estar en el mundo. Y aquella “patria más suave y dulce”.

Por Carlos Semorile.

martes, 20 de agosto de 2013

“Y te pedí un amor de luna llena...”



Esta podría ser, acaso, una breve historia sobre el vals “Puentecito de mi río”, sobre los tiernos motivos que Buenaventura Luna tuvo para componerlo y, también, sobre un precario puente que pasaba por La Ciénaga, puentecito que una de las tantas crecientes se llevó…

   Fue un instante fugaz en el vacío;
fingió un gesto de amor tu faz morena,
yo te conté mi pena de amor junto al río
y te pedí un amor de luna llena.

“Alguien recuerda que tuvo una novia. Ella vivía algo lejos. Cuando de noche se desvelaba pensando, montando su caballo galopaba cruzando el ‘Puentecito’, para ir a cantarle una tonada en las sombras de la noche y volverse sin verla. Pero la perdió”.[1]

   Yo te conté mis penas junto al río
era un gesto de amor tu faz morena…

“Se la quitó un amigo rico. Tenía 14 años. Escribió una carta a ese amigo, hablándole del concepto de la amistad que él tenía. ‘El mejor blasón de un hombre -decía- es ser buen amigo’. ‘Hizo bien en elegirte a ti. Tú eres rico, culto. Yo solamente, como dice ella, una inteligencia campesina, una inteligencia perdida, una inteligencia destruida’. Entonces, abandonó Huaco”.[2] No sin antes escribir “unas décimas adolescentes a un amor frustrado”.[3]

   Me diste lo que me diste…
y si eso es todo cuanto pudiste,
ya no he de ponerme triste
porque no existe lo que mentiste.


Puentecito de mi río

Puentecito del río que pasa
hacia el valle de fresco verdor,
cuántas veces al ir a su casa
a besar de sus labios la flor,
como el río que corre cantando
tú escuchaste mi canto de amor.

Viejo puente de piedra entre las flores
de mis selvas y sierras del Chañar,
ya no estás como entonces sobre el río
que mil noches platearon las lunas al pasar.

Roto el puente ya no podré llegar
con mi verso, mi copla y mi canción,
hasta el rancho en que vive la más bella,
la dulce paisanita que adora el corazón.

En el cauce rezonga bravío
desafiando mi amor y mi fe,
pero yo he de vencer a ese río,
otro puente sobre él tenderé,
y otra noche cantando, cantando,
paisanita, a tu lao volveré.

(Ilustración: “Gran Puente de Luna”, del dibujante Cristian Mallea).


[1] Narrado en 1956 en Jáchal por Eva Nieto.
[2] “Dojorti, Luna y Don Buena”, artículo de Rogelio Díaz Costa publicado en el Diario de Cuyo el 27 de julio de 1958.
[3] Hebe Almeida de Gargiulo, Elsa Esbry de Yanzi y Alda Frassinelli de Vera, Buenaventura Luna, su vida y su canto, Senado de la Nación Argentina, Buenos Aires, 1985 (reeditado en 2006).



lunes, 29 de julio de 2013

Vallecito, por Cantores Matanceros Peronistas

“En mi corazón un repiquetear por ti…”


En este nuevo aniversario del fallecimiento de Buenaventura Luna, decidimos reivindicarlo como el auténtico autor y compositor de la zamba “Pampa del Chañar”, por más que en los registros oficiales figuren otros nombres. Y, para hacerlo, nada mejor que recurrir a los recuerdos de Blanca Carrizo, la destinataria de aquellos versos y aquella música que todo Jáchal reconoce como suyos.

Una de las cosas más conmovedoras que me sucedieron en esta tarea de recopilar los trabajos de Buenaventura Luna fue haber conocido a doña Blanca Carrizo. Con Hebe Almeida de Gargiulo y José Casas hacía tiempo que andábamos con ganas de entrevistar a la musa inspiradora de la “Pampa del Chañar”, y la ocasión se presentó en noviembre de 2008, en plena Fiesta de la Tradición Jachallera. Buscamos su casa un largo rato, parando y preguntando, perdiéndonos y volviendo a consultar, como si intentásemos alcanzar los rescoldos de un mito lejano.

Los griegos decían que desde el corazón del mito brotan los discursos de la historia y la verdad, y nosotros finalmente estábamos sentados alrededor de Blanca Carrizo, escuchando de su voz la verdad de aquella historia que “conocíamos” por la zamba que le dedicara Eusebio Dojorti. Su relato fue mesurado, pudoroso, y al mismo tiempo daba la sensación de que Blanca podía, al fin, contar las contingencias de un amor que marcó su vida y perduró en su memoria. Esto la colocaba en cierto estado de zozobra pero, siendo mujer de una fina inteligencia, se valió de su propia zamba para narrarnos los hechos.

Cuando era muy jovencita, Blanca fue elegida “paisana” (el equivalente a las “reinas” de otras fiestas puebleras), y la singular belleza de esta descendiente de inmigrantes libaneses llamó la atención de Eusebio:

Cuando te conocí
en Pampa del Chañar,
y me revoleó tu pollera azul sentí
en mi corazón un repiquetear por ti.

Pampa de soledad,
eso es mi corazón,
tu madre me vio cuando te besé, velay,
triste me quedé cuando te llevó por áhi.

“Él era un hombre muy bien, que me enamoró. Y yo también me enamoré de él. Él quiso casarse, me mandó los anillos y una cadenita. Entonces se fue a Chile, y me dijo: cuando venga voy a hablar con tus papás”. Pero durante la ausencia de Eusebio, las habladurías del pueblo llegaron a oídos de los padres de Blanca. Ellos hablaron con su hija y le dijeron que Dojorti estaba casado, que tenía hijos y que era demasiado mayor para ella. Cuando Eusebio regresó de Chile, Blanca le preguntó sobre su matrimonio y sus hijos. “Yo quiero que vayas a mi lado, pero no quiero que ignores nada”: era verdad que tenía hijos, pero estaba separado y nunca se había casado. De todos modos, la oposición de los padres de Blanca continuó siendo absoluta, y sólo le permitieron encontrarse con Eusebio para la despedida. Se vieron en una confitería ya desaparecida del centro de Jáchal, y “nos separamos llorando tal como dice la canción”.

Pasado el tiempo, Blanca Carrizo se casó con don Diógenes Figueroa y juntos tuvieron cuatro hijas mujeres. Ellas recibieron de manos de su madre los anillos y la cadenita que le había regalado Eusebio antes de su viaje a Chile. Uno de los dos anillos se perdió, lo mismo que un cuaderno con poesías que Dojorti le regalara, y en cuya tapa decía: “Nace una flor al borde de un camino”. Doña Blanca lamenta la inundación que le arrebató aquel preciado “libro”, pero atesora el verso con que Eusebio acompañó la entrega de aquellos poemas que se llevó la crecida:

Tienes los ojos de mora,
y enamoras cuando lloras,
enamoras cuando ríes
esta hermosa “beide abdíe”.

 “Beide abdíe quiere decir Blanca Rosa, porque yo soy hija de árabes”, nos dice con evidente orgullo. Y cuando ya nos estamos despidiendo, reaparece el tema de la zamba “Pampa del Chañar” con toda la carga emotiva que tiene para Blanca Carrizo: “Siempre para esta época de la Tradición la pasan mucho por la radio. A mí me gusta de la manera en que la canta Susana Castro, me emociona. Yo quiero conocerla a ella. Me gustaría darle un abrazo”.

Ojalá, entonces, que Susana lea estas líneas y pueda acercarse hasta la casa de doña Blanca a cantarle la bella zamba que le dedicó Eusebio Dojorti.

Por Carlos Semorile.

jueves, 18 de julio de 2013

Las vidas paralelas de Atahualpa y Buenaventura




Como si un Plutarco criollo hubiese escrito sus intensos destinos, Atahualpa Yupanqui y Buenaventura Luna llevaron adelante sendas “vidas paralelas". “Mi padre -escribió Roberto Chavero- era empleado del Ferrocarril. Era la época de los ingleses”. Por eso mismo -porque los ingleses controlaban el trazado estratégico de nuestras vías férreas- el padre de Eusebio Dojorti peleó infructuosamente durante años para que los gobernantes argentinos tomaran la decisión soberana de hacer que el ferrocarril llegase a Jáchal y los hiciera “entrar en el progreso”.

Los dos se criaron en ambientes rurales y -al calor del contacto cotidiano con arrieros, pastores y labriegos- supieron tempranamente de la suerte esquiva del hijo pobre de la “república” opulenta. Gracias a estos “maestros” y a una avidez lectora que los consumía por igual, Roberto y Eusebio de largaron a recorrer el país argentino siendo aún muy jóvenes. Llevaban la tierra adentro, pero salieron a palparla en sus hombres y mujeres, en sus cantos y en sus distintos tonos de decir lo argentino.

No mucho tiempo después, el movimiento nacional los encontró militando en diversas variantes del amplio abanico yrigoyenista. La vigorosa sustancia del verbo ya era fuerte en los dos mozos, y el periodismo fue tanto una profesión como un acto de fe en el poder transformador de la palabra. Casi enseguida, conocieron las asperezas de la derrota, fueron perseguidos y debieron exiliarse.

Regresarían a la vida pública abrazados al folklore, y a los seudónimos que los harían trascender. Llegaron, como dijeran los jóvenes del Nuevo Cancionero, a revitalizar la canción criolla: “Hasta el advenimiento de Buenaventura Luna y Atahualpa Yupanqui, el cancionero nativo se mantuvo en la etapa de formas estrictamente tradicionalistas y recopilativas (…) Fue la fijación en ese estado lo que degeneró en un folklorismo de tarjeta postal cuyos remanentes aún padecemos, sin vida ni vigencia para el hombre que construía el país y modificaba día a día su realidad. Es con Buenaventura Luna, en lo literario y con Atahualpa Yupanqui, en lo literario musical, con quienes se inicia un empuje renovador que amplia su contenido sin resentir la raíz autóctona. A ese hallazgo se sumará luego el aporte de músicos, poetas e intérpretes de las nuevas generaciones que, urgidos por desarrollar esa veta de la sensibilidad popular, han protagonizado el resurgimiento actual”.

Más tarde, la llegada del peronismo los encontró con miradas diferentes frente a la irrupción del fenómeno que partió en dos el Siglo Veinte de la Argentina: Dojorti adhirió al movimiento justicialista, y Chavero al comunismo. Estas elecciones políticas los distanciaron, pero antes dejaron su marca en tres colaboraciones previas al ´45: "Arbolito", "Ya ni te acuerdas siquiera", y "Este camino que va". Acaso no llegaron a ser amigos “en el tramo profundo” pero compartieron una misma pasión por el país argentino, y ambos lucharon, desde la memoria y la matriz mestiza del canto y la música popular, reclamando un futuro digno para nuestro pueblo.

Por Carlos Semorile.

lunes, 29 de abril de 2013

Mi sombra, por Eusebio Dojorti



Mi sombra

Por Eusebio Dojorti

Debo venir de una sombra,
porque aunque quise ser claro,
ya soy oscuro brillante,
como un caballo que muda,
después del invierno el pelo.

Debo venir de una sombra
y de un misterio a llorar.
Un tiempo me di a pensar
que ascendía hacia la luz,
y cuando quise acordar,
ya no me pudo librar
de aquel afán de soñar
bajo el yugo, mi testuz.

Acaso tuve sospechas
de lo heroico y de lo santo.
“Bueno es ser bueno” -me dije-
y es tanto lo que por eso he sufrido,
que ya no me asombra el llanto,
ni la risa ni el olvido.

Desde que tengo conciencia,
me va siguiendo una sombra.
Quise huir
desde esa sombra a la luz;
y otra vez volví a sufrir
acaso por no reír
en lo negro de mi cruz.
Monté un caballo al alba,
busqué otro amor de mujer;
y nunca pude entender,
ni en el borde del abismo,
de aquella sombra el poder:
era yo mismo, yo mismo.

¡Qué mares no habré surcado,
qué vidas no vi nacer!
¡Qué plantas no holló mi planta,
que ríos no vi correr!
¡Qué lunas no vi pasar,
qué vuelos no vi morir;
qué sol ni viento al nadir,
qué estrellas no vi llorar!

Sonrían adolescencias
ignorantes del futuro:
ya sé la peor de las ciencias:
la de ser triste y oscuro!

Quise huir por andar lejos,
desprenderme de mi sombra.
Me disparé a las llanuras,
me refugié en las montañas,
mas siempre siguió la sombra
aliada a mí pero extraña.

Me he cansado en pleno día,
cansé todos mis caballos.
Lejos, revientan los gallos
su elemental armonía.
Vamos llegando, caballo,
-viniendo desde tan lejos-;
ya vuelve a cantar el gallo,
ya somos mansos y viejos.

Ya no tengo aquí a mi madre
ni recuerdo de mujer
por quien sufrir en el tiempo,
no tengo por quién volver.
Ya es de noche, ya no andamos
galope en fuego divino;
y de vieja aquella sombra
quedó muerta en el camino.

Sombrita que me has seguido
a lo largo del destino,
tú no eres más que el olvido, 
déjame andar un camino.


jueves, 3 de enero de 2013

Vallecito, el poema que Manuel J. Castilla le escribió a Buenaventura Luna






Buenaventura Luna fue uno de los percusores, encargado de abrir un surco por el que luego transitarían otros muchos poetas mayúsculos del país argentino. Sentimos que acabamos de decir mucho y muy poco a la vez porque semejante audacia artística -la feroz osadía de intentar siquiera la dignificación literaria, poética, filosófica y musical del canto nativo-, no es sino la parte visible de una profunda reflexión sostenida al calor del devenir -siempre difícil- de la Nación Argentina. Y es que la una no puede sostenerse sin la otra, y cualquier intento en ese sentido ya nace mocho; es decir: la verdadera audacia artística siempre va unida a un hondo pensar acerca del devenir argentino, y el genio de Buenaventura Luna consistió en abrir para sí mismo -y para todos los que vinieron y vendrán- un camino preñado de poesía rumbo al imperecedero canto y su luz eternizada.

Éste es, entonces, su legado, y sus herederos son una lista de nombres siempre en aumento: una pródiga lista de nombres como añiles resplandores en el cielo de los hombres que anhelan sus versos y cantan sus canciones. Nombres de hombres como Manuel J. Castilla, capaces de escribir –sobre el cuero de una mulita- las palabras que la voz de otro gran poeta se merecía:


                                                          Vallecito
                                                                                              A Buenaventura Luna.
                                               La canción del Vallecito
                                               quién la pudiera cantar,
                                               la madre cerca del fuego
                                               y el hombre dele llorar.

                                               Buena ventura la luna
                                               si vas cantando te da,
                                               Buenaventura la madre,
                                               madre y canción dónde están.

                                               Ay, guitarrero, guitarra,
                                               guitarra de lagrimear,
                                               San Juan ardido en las viñas
                                               y Huaco puro alfalfar.

                                               Guitarrero, guitarrero
                                               dónde tu voz, dónde está.
                                               Buena ventura lunita,
                                               lunita dámela ya.

                                               Lejos se queda mi valle
                                               clarito de soledad;
                                               el algarrobo, los vientos,
                                               y la canción de llorar.

                                               Cuando me toma la noche
                                               solito me sé quedar
                                               y a la copla sangre adentro
                                               le da por iluminar.

                                               Guitarrero, guitarrero,
                                               guitarra de trasnochar,
                                               cuando se duerma mi mano
                                               el vino te tocará.

                                               Buena ventura la luna,
                                               Buena ventura te dá,
                                               dame tu buena ventura
                                               lunita y tu claridad.
           
            Bs. Aires                                                                              Castilla
            3 Julio 55