El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Una patria más suave y dulce



Cada mañana, al filo de las once y cinco, sopla una brisa distinta en el aire de la amplitud modulada de Radio Nacional. Se trata del espacio que Adalberto Flores ha conquistado a fuerza de tangos, milongas, valsecitos y también algunos ritmos criollos de nuestro folklore. Pero esta es sólo una parte del cuento, pues don Adalberto se ha metido en el corazón de los oyentes, quienes esperamos sus palabras tanto como sus discos. Suele llegar al estudio fatigado y mal comido, pero aún así afloran sus formidables reservas de ternura cada vez que presenta un tema. La voz se le enciende mientras instruye al público sobre un tanguito olvidado y sus “circunstancias”: la orquesta y el cantor, el año en que fue grabado, los nombres del autor y el compositor, alguna anécdota de su rica historia, etcétera. Cuando la presentación concluye, adviene un instante conmovedor cuando Adalberto se esfuerza por indicarle la “entrada” al joven operador, y pega el grito: “Dale, pibe!!!”

Mientras la canción gira, los radioescuchas comienzan a dejarle al amigo Flores mensajes de gratitud junto con urgidos pedidos de que pase tal o cual tema de su preferencia. Y de ser posible -agregan- que sea la versión de fulanito o menganita. Es notable: para que todos estos reclamos pudiesen ser atendidos, sería necesario ocupar varias horas de programación. Sin embargo, al regresar de la música, el viejo Adalberto se dedica a rescatar alguna frase del tema escuchado y a reflexionar en torno a ella. Los asuntos de su discurso apasionado son universales (el amor, el desamor, la muerte, el coraje, la pasión), pero su tono emotivo es eminentemente argentino. Acaso suene candoroso, pero Adalberto Flores se parece a la música que elige y representa, y su filosofía de barrio nos acerca siempre a la orilla más amorosa de la vida: la que propone la caricia a tiempo, el abrazo hermano y la palabra justa como un modo sencillo de la dicha.

El fenómeno de Adalberto me ha hecho pensar, más de una vez, en una crónica que Juan Agustín García escribió en los tiempos en que la música criolla -sin discriminar- se daba cita en los centros tradicionalistas de inicios del Siglo XX: “He recorrido con bondad y paciencia lo que se siente en esos centros populares. El espectáculo es interesante. Se encuentran emociones muy intensas y bien traducidas en un verso armonioso, español, pero muy argentino: con mucho sabor local (…) La guitarra es, en todos estos cantos, el símbolo de la patria; de una patria más suave y dulce, que no viene rodeada de banderas y músicas de clarines”. La figura que logra el autor de La Ciudad indiana, es de una belleza singular: “una patria más suave y dulce”.

Ha pasado más de un siglo, y ese país de las canciones criollas sigue refugiado en determinados rincones, en algunas memorias. Cuando Adalberto anuncia un vals, ese hilito de voz quebrada tan característicamente suya nos habla de la fragilidad en la que sostiene una literatura musical exquisita. Y cuando cuenta que su última ingesta fue una feta de salame que comió hace dos días, su hambre se parece al de sus tantísimos oyentes que andan penando a la espera de una música que saben que existe pero los medios no se la ofrecen. Intuyen que, sin esas canciones, se pierde también una filosofía propia, un modo de estar en el mundo. Y aquella “patria más suave y dulce”.

Por Carlos Semorile.

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