El Pensamiento de Buenaventura Luna

Eusebio de Jesús Dojorti, popularmente conocido como Buenaventura Luna, fue un destacado folklorista sanjuanino nacido en 1906 en Huaco y fallecido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires. Pese a que éste es su perfil más conocido, su trayectoria pública tuvo muchas otras facetas: fue militante político, periodista, escritor costumbrista; creador, director y productor artístico de grupos de música nativa; libretista y animador de sus propios programas radiales; poeta, músico, letrista y recitador. En cada una de estas áreas puede rastrearse una rabiosa piedad política por el semejante, por el hombre y la mujer humildes del país argentino, por la Justicia Social. Este blog intentará dar cuenta de la originalidad y la riqueza que Dojorti/Luna desarrolló en su infatigable laborar en el ámbito de la Cultura Popular: una reflexión que puede enmarcarse dentro del Pensamiento Nacional pero también, y a la vez, un pensamiento propio. Un Pensamiento Dojortiano.

martes, 29 de abril de 2014

Tener referentes




Confieso que cuando se inauguró la escultura de Buenaventura Luna en el Molino de Huaco tuve sensaciones encontradas. Por un lado, quedé admirado por la maestría del artista plástico Fernando Pugliese, pues el parecido con la figura evocada es tan alto que resulta difícil sustraerse a su influjo. Dicho menos rebuscadamente: es una escultura realmente muy bonita. Pero, al mismo tiempo, quedé contrariado. El Buenaventura del Molino empuña una guitarra, y hubiese preferido que se lo retratase escribiendo: en el primer caso, la imagen remite a un cantor y/o a un guitarrero, y él no fue ni lo uno ni lo otro; en la segunda posibilidad, se rescataba su faceta mayor, la de escritor y poeta, a la par que se reafirmaba en la materia su credo en “la superioridad de la palabra”. Tratando de encontrarle la vuelta al equívoco que puede provocar el Luna abrazado a la guitarra, pensé que acaso sirviera para que se le prestase atención a su vasta producción musical, muchas veces relegada tras la belleza de sus poesías. Pero, como digo, era una solución de compromiso entre el deseo y la realidad, entre la figura imaginada y la obra concluida.

Pasaron los meses y en la red vi pasar muchas fotos de quienes elegían retratarse con “Don Buena”, imágenes de turistas, de admiradores y aún de “fanas” del huaqueño. No puedo decir nada de ellas, tan parecidas a cualquier otro hito en la vida fotografiable de los viajeros. Hasta que ayer apareció una imagen distinta, una foto que me conmovió y que es el motivo de estas líneas. En ella hay dos changuitos, uno más grande que, obediente, mira muy serio a la cámara, y otro más pequeño que observa a Buenaventura con el intacto asombro de sus años de niño chiquito. También se deja ver una joven, acaso la madre o una tía, o una hermana mayor que hace todo lo posible por acomodar a los pequeños, pero la pureza de la foto está más allá de sus afanes: está en los ojos de ese inocente que parece esperar que ese hombre que está al lado suyo comience a cantar en cualquier momento. No lo va a hacer, claro, pero él está ahí, en el instante en que el canto es posible y, al mismo tiempo, es posible escuchar una voz que exprese, “entre bandas inmensurables de silencio, la cultura”.

Lo que quiero decir, bastante más allá de un debate que se generó –y del que participé- en torno al tema de la guitarra (y que se quedó bastante chato entre la voluntad de daño de algunos, y la pura inmediatez y la sola premura de los medios), es que todos somos ese niño y su inocencia. Todos entramos al mundo de nuestros mayores por alguna vía, y a partir de allí hay que comenzar a remontar la cuesta. En este sentido, Buenaventura Luna es un referente al que hay que ir conociendo por capas -el músico, el glosador, el letrista, el poeta, el escritor, el militante, el pensador nacional-, como de seguro harán estos hermosos changos de la foto. Para eso sirven estas esculturas, aún con sus fallos, para dejar una marca en la piedra y permitir que la memoria, los relatos orales, y finalmente los libros hagan su trabajo de develamiento de la figura y aparezca plenamente el pensamiento de un hombre en el devenir del tiempo y al calor de la historia. Y ahí, en ese instante de revelación, volver a pensar todo de nuevo. Como lo hizo el propio Eusebio Dojorti, para alcanzar el conocimiento de que los dueños de la Historia deforman nuestro pasado para dominar nuestro presente y cerrarnos las puertas del porvenir. 

Por Carlos Semorile.

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